Mario vio cómo Erika y Martina se alejaban y sintió que las rodillas le fallaban. Estuvo a punto de desplomarse en el suelo.
El miedo y el remordimiento se apoderaron de su pecho. Su rostro perdió todo rastro de color y gruesas gotas de sudor comenzaron a rodar por su frente.
Jamás imaginó que las cosas llegarían a un punto tan crítico.
La mente de Mario era un caos; no tenía idea de cómo salir de esa situación. Pensó en huir, pero sabía que era imposible.
Le temblaban las manos sin control y sus ojos reflejaban pura desesperación. Era como si ya pudiera verse siendo esposado por la policía y pasando el resto de sus días pudriéndose en una celda.
Se apoyó débilmente contra la vitrina, mirando al vacío. Mucho rato después, corrió a refugiarse en su oficina y llamó desesperado a Yolanda Romero. Tras relatarle todo lo sucedido, rogó con voz temblorosa:
—Señorita Romero, ¡tiene que salvarme! ¿Qué voy a hacer...?
Del otro lado de la línea, Yolanda se quedó pasmada un segundo, pero luego soltó un bufido despectivo. Por lo visto, Erika no era tan estúpida como pensaba. Había sido muy rápida al deducir que Mario estaba involucrado.
Aun así, respondió con voz de hielo:
—Las grabaciones ya fueron eliminadas. ¿A qué le teme? Es obvio que solo está fanfarroneando. Para ser un hombre con tanta experiencia en los negocios, se asusta fácil. Simplemente niéguelo todo hasta la muerte, ¿no?
—Pero... pero si llama a la policía y nos exigen las grabaciones, ¿qué haremos? —preguntó Mario, al borde del pánico.
Yolanda replicó molesta:
—¡¿Por qué busqué a alguien tan torpe como usted?! ¿Acaso es el gerente de la sala de control? ¡Que las cámaras desaparecieran mágicamente no tiene nada que ver con usted! ¿Ya lo entendió?
—Pero ella dice que sabe a quién ordené borrar los videos. Ya está enterada de que las grabaciones desaparecieron —insistió Mario angustiado.
—¿Cree que si tuviera pruebas habría ido a buscarlo en lugar de llamar directamente a la policía? ¡Use un poco el cerebro! —escupió Yolanda sin paciencia.

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