Yolanda corrió desesperada hasta alcanzar la camilla. Agarró la mano de la anciana y, con la voz temblorosa, suplicó:
—¡Abuela, abuela! ¿Qué te pasó? ¡Por favor, despierta!
Su voz estaba cargada de un miedo desgarrador, y su cuerpo entero temblaba como una hoja.
Liliana, al ver a Yolanda en ese estado, sintió que se le partía el alma.
—Yolanda, mi niña, no llores así. La abuela se va a poner bien.
Con los ojos llenos de genuina preocupación, Liliana extendió la mano y le acarició suavemente el hombro a Yolanda, tratando de consolarla.
Sin embargo, el llanto de Yolanda solo se hizo más intenso.
—Si a la abuela le pasa algo, ¿qué va a ser de mí? Ya nadie me va a querer ni me va a consentir jamás.
Leonardo, con el ceño fruncido y la voz ronca, intervino.
—Yolanda, basta de llorar. El médico dijo que solo está en coma temporal. Se va a recuperar.
Yolanda sollozó de forma entrecortada durante un buen rato. Luego, lentamente, deslizó su mirada hacia donde estaba Erika.
Sus ojos escondían un mar de emociones encontradas: tristeza, rabia y un destello oscuro y calculador que pasó casi inadvertido.
Se puso de pie con lentitud, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y caminó hacia Erika.
Erika frunció el ceño. No entendía qué buscaba Yolanda con esa mirada. Para su sorpresa, la chica habló con un tono de profunda aflicción.
—Eri... por favor, no te sientas mal. Todo esto fue solo un accidente. Nadie quería que pasara algo así. Yo sé que compraste esa estatuilla del Sabio de la Longevidad con las mejores intenciones del mundo. Jamás te habrías imaginado que terminaría en una tragedia.
Erika la miró estupefacta. Nunca imaginó que Yolanda saldría con un discurso así; esperaba reclamos y acusaciones.


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