Martina se quedó en silencio un buen rato antes de responder.
—Cuando pusieron el jade en la caja, ¿lo viste con tus propios ojos?
—Sí, vi cómo el gerente lo tomaba y lo metía en la caja. Luego, Yolanda me mostró algo en su celular, cruzamos un par de palabras y para cuando volví a mirar, la caja ya estaba empacada.
El tono de Martina se volvió sospechoso.
—Después de que te la entregaron, ¿dejaste la bolsa en algún lado? ¿Crees que Yolanda la pudo haber cambiado sin que te dieras cuenta?
Erika frunció el ceño, tratando de recordar cada segundo.
—No, nunca solté la bolsa. La tomé y me fui directo al auto.
—Bien, hagamos esto —sugirió Martina con firmeza—. Tú quédate ahí esperando noticias de tu abuela. Mañana a primera hora iremos juntas al centro comercial a enfrentar a ese gerente. Si él tiene algo que esconder, no podrá mantener la calma. Por cierto, moveré algunos hilos para ver si podemos conseguir los videos de seguridad de las cámaras del centro comercial.
—De acuerdo. Hablamos luego.
Erika colgó el teléfono. Al darse la vuelta, dio un respingo por el susto.
Valerio estaba de pie justo detrás de ella, mirándola con profunda preocupación. Erika se quedó pasmada por un segundo, y antes de que pudiera articular palabra, Valerio exigió:
—Cuéntame exactamente qué pasó.
Erika jugueteó nerviosamente con su celular. Hizo una pausa y respondió.
—Todavía no sé cuál es el problema real, así que no quiero meterte en esto.
—Eri —el rostro de Valerio se oscureció—. ¿No dijimos que seríamos amigos? Yo acepté tus términos, ¿verdad? Y esto es lo que hacen los amigos, ayudarse. Habla.
Mientras lo decía, Valerio lanzó una mirada gélida hacia donde estaban Leonardo y sus padres.
—Si no me lo dices tú, iré a preguntarles a ellos.
Erika soltó un suspiro, dándose por vencida, y le relató todo, desde la compra del jade hasta lo poco que sabía de la situación actual.
Valerio frunció el ceño, asintiendo lentamente mientras procesaba la información.


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