A medida que Erika terminaba de hablar entre pausas, parecía que finalmente liberaba parte del peso emocional que llevaba dentro.
De no haber sido por el incidente en el túnel, tal vez, después de terminar la sesión fotográfica de Catalina Morales, ya estaría gestionando sus trámites para mudarse al extranjero.
Por su parte, Valerio se quedó en silencio, inmóvil como una estatua, mirándola con los ojos desbordados de dolor.
Después de un largo rato, habló con voz suave:
—Prueba esta sopa de hongos, tiene muy buen sabor.
Valerio sirvió un tazón y lo colocó con delicadeza frente a ella antes de añadir:
—Estoy de acuerdo con lo que dices, pero tengo una condición.
Erika se sorprendió levemente, apretó los labios y respondió:
—Te escucho.
Valerio adoptó un tono serio:
—Cúmplete mudándote a Villa Luna Blanca con los niños. A partir de ahora, todos sus gastos y necesidades correrán por mi cuenta. Además, no podrás impedirme ver a los niños cuando yo quiera.
Erika guardó silencio por un momento. Levantó la vista hacia Valerio, con un destello de duda en su mirada:
—Eso...
La mirada de Valerio era firme y su tono no dejaba espacio a discusión:
—No me rechaces. Es una deuda que tengo contigo y con ellos. Tómalo como mi manera de redimirme, ¿de acuerdo?
Erika se mordió el labio mientras mil pensamientos pasaban por su mente. Sabía que Valerio realmente quería lo mejor para los niños, pero aquel arreglo la inquietaba.
—Sé lo que te preocupa —dijo él, como si hubiera leído su mente—. Puedes estar tranquila, no me meteré en tu vida. Solo quiero darles a los niños un ambiente estable y seguro para crecer.
Finalmente, tras un largo silencio, Erika asintió.
***
Al día siguiente.
Erika fue al centro comercial más exclusivo de la ciudad para elegir un regalo de cumpleaños para la abuela Romero.
Después de recorrer varios locales, decidió que una fina joya sería la opción perfecta.


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