—Eri, ¿qué haces aquí? Aún no te recuperas, no puedes andar haciendo esto.
Leonardo dejó el plato en la mesa y corrió a abrazar a los niños.
Llevaron a los pequeños al sofá, y Erika se sentó con ellos.
Sin rodeos, Erika soltó:
—Hermano, ya sé lo que pasó anoche.
Leonardo suspiró.
—Quería ir al hospital a decírtelo mientras los niños dormían la siesta, pero veo que Inés se me adelantó. Siéntate, por favor.
Luego miró a Valerio.
—Siéntate tú también. ¿Quieres algo de tomar?
Valerio tenía el rostro impenetrable.
—No tengo sed.
Leonardo no dijo nada más.
Cuando se acomodaron, Erika pidió a los niños que se pusieran en fila. Luego, con tono serio, les indicó:
—Ustedes tres, empezando por Alma. Cuéntenle a mamá todo lo que pasó anoche, tal cual fue. No quiero escuchar ni una sola mentira, ¿entendido?
Los tres pequeños asintieron sin dudar.
Alma se secó las lágrimas y empezó a explicar:
—Mis hermanitos y yo estábamos jugando en el cuarto de arriba. La abuelita nos dijo que iba a bajar a traernos algo rico de comer. Después de un rato, salí a ver si ya venía. Llevaba el yoyo en la mano, lo iba jugando mientras caminaba... de pronto, se me soltó la cuerda y se fue rodando hasta las escaleras. Esa señora lo pisó y se cayó. ¡Buaaa!
Alma no pudo contener el llanto.



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