Erika hizo una pausa y su rostro se tornó más severo.
—Ya lo escuchaste. Le dijo palabrotas a mi hija. Me imagino los insultos que habrá soltado. Ustedes...
—Eri —la interrumpió Leonardo—. Anoche, en medio de la desesperación, no pensé en lo que sentían los niños. Fue mi error. Pero en cuanto dejé a Yolanda en manos del doctor, regresé a toda prisa a acompañarlos...
En ese momento, Valerio, recostado en el sofá, intervino con frialdad, interrumpiendo a Leonardo:
—¿Podemos hablar a solas?
Leonardo dudó un instante, pero terminó acompañando a Valerio al jardín.
Valerio observó a los niños jugando a lo lejos y, con el rostro sombrío, le espetó a Leonardo:
—¿'Medio de la desesperación'? ¿Y los choferes de la casa? Eri te confió a sus hijos, ¿y así es como los cuidas?
—Esta vez le fallé a Eri. No volverá a pasar —admitió Leonardo.
Valerio lo miró con desdén y continuó:
—Esa Yolanda, que no tiene escrúpulos ni con una niña tan pequeña, va a tener que pedirles perdón a mis hijos. Eri no quiso sacar el tema por consideración a la posición en la que están ustedes, pero a mí no me importa. Me da igual si es su hija adoptiva o tu hermana de sangre, ese perdón me lo va a dar.
La postura erguida de Valerio irradiaba una autoridad aplastante; en sus palabras no había margen de negociación.
Leonardo vaciló un momento, pero terminó asintiendo.
Valerio lo escrutó con los ojos entrecerrados y añadió:
—Y te digo algo, Leonardo. Si no cortan esta relación de una vez por todas, ¿crees que su familia tendrá paz alguna vez? Eres un hombre inteligente, sabes muy bien a qué me refiero.
Leonardo suspiró levemente.
—¿Y qué sugieres que hagamos? Esto me tiene loco. Además, Yolanda no quiere soltar las acciones que tiene en el corporativo. La situación es un caos.
Valerio frunció el ceño.


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