Al ver los ojos llorosos de Erika, Valerio se apresuró a consolarla:
—Eri, no te angusties. Tú tienes que cuidarte. Yo iré a la casa de los Romero. Regresa a tu cama.
Erika levantó el rostro para mirarlo y dijo con la voz quebrada:
—Tengo que ir.
Luego se dirigió a Inés:
—Vete primero. Me cambiaré de ropa y voy para allá. No les digas que voy en camino.
—Sí, señorita. Cuídese mucho.
Cuando Inés se marchó, Erika volvió a la habitación, apoyándose en las paredes. Valerio la siguió, ignorando sus protestas.
—Eri, yo me recupero rápido, pero tú todavía estás muy débil. Deberías quedarte un par de días más en el hospital. Hazme caso, déjame encargarme del asunto de los niños.
Erika buscaba su ropa para salir, respondiendo sin alterarse:
—Conociendo el carácter de esa Yolanda, es de las que no perdonan nada cuando creen tener la razón. No te metas en este problema.
—No voy a dejar que vayas sola. —Valerio le tomó los hombros—. Si insistes en ir, voy contigo.
—Es mejor que no vayas. —Dicho esto, Erika entró al baño a cambiarse.
Pero al salir, Valerio seguía ahí.
Trató de convencerlo un par de veces más, pero él se negaba a marcharse.
Erika, preocupada por sus hijos y sintiéndose muy cansada, desistió de discutir.
Diego Álvarez ya los esperaba en la entrada del hospital, y Valerio la llevó directamente al coche.


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