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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 659

—¡Mentiroso! ¡Desgraciado! —gritaba Erika al volante, maldiciendo durante todo el trayecto.

Le tomó casi una hora llegar a la mansión principal de la familia Ramírez.

El enorme portón de la propiedad estaba cerrado a piedra y lodo, custodiado por dos guardias de seguridad a cada lado.

Apenas dio un paso para acercarse, le cerraron el paso.

Los fulminó con una mirada cargada de hielo:

—¿No saben quién soy? ¿Quién les dio órdenes de no dejarme pasar?

Uno de los escoltas agachó la cabeza, hablando con total respeto:

—Lo sentimos mucho, señorita Milán. Solo seguimos órdenes.

—¡¿Órdenes de quién?! ¡Secuestraron a mis hijos! ¡Abran la maldita puerta ahora mismo!

Erika intentó abrirse paso a empujones, pero los cuatro hombres, que parecían muros de concreto, se alinearon para bloquearla. A donde ella se movía, ellos se movían.

Justo cuando estaba a punto de perder los estribos por completo, escuchó el motor acelerado de un auto acercándose. El vehículo frenó de golpe y Valerio se bajó a toda prisa. Caminó hacia la entrada con el rostro desfigurado por la rabia y les gritó:

—¡¿Acaso perdieron la cabeza?! ¡Quítense del camino ahora mismo!

—Señor Ramírez, son órdenes de la señora Silvia —respondió el guardia sin levantar la vista.

Los ojos de Valerio se clavaron en él como dagas:

—No me obliguen a repetirlo.

Los guardias intercambiaron miradas de nerviosismo y de inmediato se hicieron a un lado.

Erika soltó una risa amarga:

—¡Qué buena actuación! ¡Te hubieras dedicado a las telenovelas!

Sin esperar respuesta, empujó la puerta con fuerza y entró a paso acelerado. Valerio, con el semblante tenso, la siguió de cerca.

El anciano siguió desahogándose durante un buen rato, hasta que de pronto estiró la mano hacia la mesita de centro y tomó un panecillo.

—Ten, cómetelo. Fui a la panadería yo mismo ayer para comprártelo. Es de tu sabor favorito.

Erika se limpió las lágrimas con el dorso de la mano:

—Abuelo, no tengo hambre. Yo... yo vine a llevarme a mis hijos...

—¿Tú... no viniste a verme a mí? —La voz ronca de Ireneo delató una profunda tristeza y decepción.

Erika abrió la boca para explicarse, pero Valerio, que había estado callado todo este tiempo, intervino de inmediato:

—Eri sí vino a verte, y de paso pasará por los niños.

Dicho eso, tomó el panecillo de las manos de Ireneo, lo puso en las manos de Erika y le habló con voz suave:

—El abuelo lo compró especialmente para ti. Anda, cómetelo. Quédate aquí a hacerle compañía un rato. Los niños deben estar jugando en la planta alta, iré a buscarlos.

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