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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 660

Al escuchar que Valerio iba a bajar con los niños, Erika aceptó el panecillo lentamente.

Ya que el encuentro con la familia de su exesposo había sido inevitable, decidió aprovechar esos minutos para acompañar a Ireneo.

Mientras tanto, en una habitación del segundo piso.

Silvia Ramírez jugaba fascinada con los niños; su sonrisa era tan grande que casi no se le veían los ojos de la felicidad.

Pero en cuanto vio entrar a su hijo, su rostro cambió por completo.

Valerio le hizo una seña a la empleada que estaba ahí para que vigilara a los pequeños. Tomó a su madre del brazo, la llevó a una recámara vacía y le reclamó:

—¡Mamá! ¡¿Qué demonios significa esto?! Por más que quieras conocerlos, no puedes ir a sacarlos de la escuela sin siquiera avisar.

Silvia lo miró, haciéndose la ofendida:

—¿Acaso esa es forma de hablarle a tu madre? Valerio Ramírez, jamás en tu vida me habías levantado la voz. Pero claro, los hijos crecen y ya la madre no vale nada. Ahora tienes a tu mujercita y te olvidas de quién te dio la vida...

—Mamá... ¿de dónde sacas tantas locuras? ¿Has estado viendo las telenovelas de la noche? —Valerio suavizó el tono para interrumpir su drama.

Silvia frunció los labios:

—¿Qué pasa? ¿A poco creíste que yo no sabía armar un berrinche?

Valerio le masajeó los hombros y le habló con tono conciliador:

—Todo el mundo sabe que la señora Silvia es una dama de alta sociedad: culta, respetable, el ejemplo de la elegancia...

—Ya basta —Silvia le cortó el discurso, mirándolo de reojo—. ¿Es un crimen querer ver a mis propios nietos? ¿Desde cuándo necesito el permiso de esa mujer para convivir con ellos? ¡Y encima quería hacerme esperar tres días! Están bien chiquitos, ¿qué clase de proceso de adaptación necesitan? Míralos, ¿acaso no me aceptaron rápido como su abuela? Hasta me agarraron cariño en un ratito.

Valerio ya no sabía ni qué contestarle. Entendía la desesperación de sus padres, pero también comprendía el pánico de Erika. Al final, estaba atado de manos.

Dejó escapar un largo suspiro:

—Mamá, Eri ya está abajo. Te pido de favor que, diga lo que diga, no te pongas a pelear con ella. ¿Puedes hacerme ese favor?

—¿Y ahora qué? ¿Acaso crees que le tengo miedo a esa mujercita? —Silvia alzó la voz, claramente indignada—. Ya vimos lo vengativa que es. Se llevó a la sangre de los Ramírez y nos ocultó a los niños por años. Ella sabía perfectamente quién era el papá. Se dio cuenta de que te habían engañado con la prueba falsa y prefirió quedarse callada para arruinarte la vida. Te lo digo de una vez: quítate de la cabeza esa idea de volver con ella. Es una mujer calculadora y venenosa, no te conviene.

—Mamá... —intentó interrumpir Valerio, pero Silvia no lo dejó hablar:

—Desde el principio yo nunca estuve de acuerdo con ese matrimonio, pero tu abuelo se encaprichó y, como su nuera, no me quedó de otra más que agachar la cabeza y obedecer. Si tenía un problema, ¿por qué no dio la cara y lo habló como la gente civilizada? Entiendo que nosotros no le importemos un comino, pero ¿y sus propios hijos qué? ¿Acaso no pensó en lo triste que iba a ser para ellos crecer sin la figura de un padre?

Valerio escuchaba cómo su madre disparaba veneno sin parar contra Erika. En ese instante, sintió que el camino para recuperar el corazón de su esposa acababa de llenarse de espinas...

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