Amelia estaba dispuesta a seguir discutiendo, pero Erika se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—Amelia, no les sigas el juego. Primero vamos a averiguar qué está pasando aquí.
—De acuerdo —asintió Amelia. Luego miró a la mujer y le advirtió tajantemente—: Tienes exactamente tres minutos para hablar. ¡Si no me sueltas ahora mismo, te juro que usaré la fuerza!
Erika estaba a punto de agacharse para pedirle explicaciones cuando una de las empleadas soltó de repente:
—¡Oigan! ¿No es ella la mujer que hace poco fue tendencia en redes junto al presidente del Grupo Ramírez?
—¡Es verdad, es verdad! —coreó otra de las empleadas—. Con razón me resultaba tan conocida.
—Así que tú eres la famosísima chica operada, ¿no?
—Vaya, qué rápido se le suben los humos a las que pescan millonarios. Esa ropa fina y ese bolso carísimo que traes seguro te los compró el presidente Ramírez, ¿verdad?
—Sabiendo eso, ya no me sorprende en lo absoluto que te juntes con rateras.
—...
Las empleadas no paraban de parlotear e insultar, pero a Erika le daba exactamente igual. Toda su atención estaba centrada en lo que la mujer le acababa de decir: que tenía "algo de vital importancia para ella".
Ignorando por completo las burlas a su alrededor, Erika se agachó y, con voz serena, le preguntó a la mujer:
—¿Me conoces? ¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?
La mujer miró a Erika, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y suplicó:
—Si paga los pañuelos por mí, se lo cuento todo.
Amelia también se agachó junto a ella y espetó con enfado:
—¡Ah, o sea que nos quieres extorsionar! Si te piden que hables, hablas. Si sigues dándole vueltas al asunto, llamaremos a la policía para que te lleven ahora mismo.
Pero la mujer enmudeció. Simplemente se quedó aferrada a la pierna de Erika, inmóvil como una piedra.
Erika comenzó a sospechar que estaba mintiendo. Tal vez la mujer solo la había reconocido por las noticias y, aprovechando el escándalo, había decidido aferrarse a ella para que pagara y así evitar ir a prisión.
Con esto en mente, Erika decidió ponerla a prueba. Se enderezó lentamente y se dirigió a las empleadas:
—Erika, no, yo pago mi propia ropa.
—Hazme caso y no discutas —Erika bloqueó a Amelia con el brazo, acercó su teléfono a la terminal y realizó el pago. Luego bajó la mirada hacia la mujer a sus pies, que seguía aferrada a ella como un pulpo.
Como notó que las empleadas aún no hacían el ademán de llamar a la policía —quizás porque temían que el alboroto afectara la reputación de la tienda—, Erika se dirigió a la mujer con frialdad:
—Siempre hay policías patrullando cerca de estos centros comerciales; no tardarán en llegar. Si me sueltas en este momento, al menos te ahorrarás el cargo de asalto.
La mujer seguía sin moverse. Tras una breve pausa, Erika se inclinó para intentar separar sus manos. Amelia, viendo la situación, ya no se anduvo con miramientos; comenzó a darle manotazos a la mujer y a tirar de sus brazos con todas sus fuerzas.
La mujer, que ya parecía haberse quedado sin fuerzas y veía cómo sus manos estaban a punto de soltar la pierna de Erika, gritó desesperada:
—¡Fuiste tú quien me mandó a robar! ¡Fuiste tú!
Erika se quedó boquiabierta.
Amelia tampoco daba crédito a lo que oía. ¡¿Cómo podía existir gente de esa calaña?!

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