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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 621

En ese momento, una de las empleadas finalmente llamó a la policía.

Al ver esto, Erika jaló a Amelia y le susurró al oído:

—No la grabes más. Si seguimos, capaz y nos acusa de haberla golpeado. La policía no debe tardar en llegar.

—Entendido, Erika —respondió Amelia, y luego murmuró por lo bajo—: Qué tipa tan rara, a esto se le llama tener pésima suerte.

Amelia veía cómo la mujer seguía aferrada a la pierna de Erika. Temiendo que se cansara de estar de pie, acercó una silla para que se sentara.

Erika, ya bastante fastidiada por el alboroto, se sentó a esperar. A un lado, un par de empleadas seguían murmurando chismes entre dientes.

Erika les lanzó una mirada fría y advirtió:

—Si no quieren que ponga una queja y pierdan su trabajo, mejor cierren la boca.

Al escuchar eso, las mujeres se callaron de inmediato.

Unos minutos después, dos oficiales entraron al local. Tras interrogar brevemente a las empleadas para entender la situación, miraron a Erika y luego se dirigieron a la mujer en el suelo:

—¿Cómo se llama? Suéltela y levántese de una vez.

La mujer no respondió ni movió un solo músculo.

Una empleada se apresuró a recoger la cartera del suelo y se la entregó a uno de los oficiales. Este sacó la identificación, miró a la mujer para comparar la foto y dijo:

—Lidia Coria, ¿verdad? Acabamos de hablar con las empleadas. Los artículos que intentó robar tienen un valor de veintiséis mil pesos. Va a tener que acompañarnos.

Fue entonces cuando Lidia finalmente abrió la boca. Soltó una mano, señaló a Erika y gritó:

—¡Oficial, fue ella! ¡Ella me obligó a robar!

Erika intervino de inmediato:

—Oficial, yo ni siquiera la conozco...

Acto seguido, Erika procedió a relatar todo lo que acababa de suceder.

Tras escucharla, el oficial se volvió hacia las empleadas. Una de ellas intervino:

—Ambas son clientas. Una dice que se conocen y la otra dice que no. Nosotras no sabemos quién dice la verdad, no podemos ser testigos de eso.

Si la conocía a ella y conocía a Valerio, bien podría haberlos buscado directamente si tenía algo que decirles.

Robaba algo, se topaba con ella de casualidad, intentaba obligarla a pagar y, como no lo lograba, le echaba la culpa del robo. ¿Y si no se hubieran cruzado? ¿Acaso era el comportamiento de una persona normal?

Erika la ignoró por completo. Pensó que en cuanto rindiera su declaración, podría irse a casa.

Entraron al vestíbulo, que estaba bastante concurrido. El oficial les indicó que tomaran asiento en la zona de espera.

Lidia se inclinó hacia Erika y susurró:

—¿De verdad es usted Erika? ¿O es esa mujer toda operada de la que hablaban las empleadas?

Erika la miró de reojo y respondió con total frialdad:

—¿Acaso no escuchaste cuando le di mi nombre al oficial?

Lidia insistió:

—¿Podría dejarme ver su identificación?

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