En cuanto la empleada tuvo la terminal en la mano, se la puso a la mujer en la cara y le dijo con ironía:
—¿Efectivo? ¿Tarjeta? ¿Aplicación? Ándale, paga. Quiero ver qué otra excusa te inventas.
La mujer miró la terminal y su rostro se tornó de un rojo violáceo por la vergüenza.
Cualquiera podría notar que no tenía un centavo partido por la mitad. Y eso, lógicamente, confirmaba que su verdadera intención había sido robar las bufandas.
En ese instante, Amelia le dio un codazo suave a Erika y le susurró:
—¿De verdad vale la pena arriesgarse a robar unos simples pañuelos de seda? ¿O tendrán algún uso especial?
Erika negó con la cabeza, retiró la mirada y continuó revisando la ropa.
—Erika, creo que con estos dos conjuntos es suficiente. Vamos a pagar y vámonos rápido; el ambiente aquí está muy pesado —sugirió Amelia.
—De acuerdo.
Las dos se acercaron a la caja, mientras a escasos metros, las demás empleadas seguían insultando a la mujer.
La empleada en la caja, la misma a la que habían llamado practicante, salió corriendo a buscar el código QR de pago de la tienda. Al percatarse de que había clientas dispuestas a pagar, la empleada agresiva dejó a la presunta ladrona y corrió a atenderlas con su mejor sonrisa falsa.
Con su ausencia, el campo de visión de la mujer acusada quedó completamente despejado. A pesar de seguir rodeada por los insultos de las demás empleadas, sus ojos se clavaron de manera directa en Erika.
Al notar esto, Amelia tiró disimuladamente de la ropa de Erika y murmuró:
—Erika, ¿la conoces de algún lado?
Erika la miró de reojo, hizo contacto visual con la mujer por un segundo, y desvió la mirada al responder:
—No, ni idea de quién sea.
—Qué raro... con la forma en que te miraba, cualquiera pensaría que sí.
Apenas Amelia terminó de hablar, la mujer salió corriendo hacia ellas, se dejó caer de rodillas y se aferró a las piernas de Erika, suplicando entre llantos:
Erika se agachó intentando apartar las manos de la mujer, pero esta se aferró a ella con fuerza desesperada y le rogó:
—¡Señorita Milán, por favor, ayúdeme! Si me ayuda, le diré algo que es de vital importancia para usted.
Al ver la situación, Amelia, temerosa de que Erika pudiera salir lastimada, abrazó a la mujer por la espalda y trató de jalarla hacia atrás con todas sus fuerzas. Pero la mujer parecía tener raíces, aferrada a las piernas de Erika como si de ello dependiera su vida.
Una de las empleadas las miró con desdén y comentó en tono burlón:
—Señorita, ¿no que no la conocía? Si no son amigas, lo más decente sería que usted le pague esos pañuelos. Con este escándalo nos están arruinando las ventas.
Amelia le respondió de inmediato:
—¿De dónde sacas que la conocemos? ¿Acaso porque alguien sabe tu nombre, en automático se convierte en tu amiga? ¡A ver, me voy a tirar a abrazarte la pierna y te voy a exigir que pagues tú, a ver si te parece!
Otra empleada saltó en defensa de su compañera, con un tono igual de agresivo:
—Pues yo no veo que me ande rogando ni abrazando a mí. Además, había otras clientas allá atrás y tampoco fue a acosarlas a ellas. ¿Por qué vino directamente hacia ustedes, eh?

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