TOMO 2. CAPÍTULO 98. Una venganza kármica
Liliana
Mis bebés están mejor con cada hora que pasa.
Cada pequeño llanto suyo, cada movimiento de sus diminutas manitas, me devuelve un poco de esperanza; aunque tengo que confesar que los primeros dos días son una pesadilla. El miedo y la angustia no se me van, como si solo estuviera soñando todo esto, colmo si no fuera real que estoy fuera de la prisión, que tuve a mis hijos y que los dos están conmigo.
—Has pasado por tanto en los últimos meses que la sensación es completamente normal —me asegura Beri cepillándome el cabello después de que termino de contarle toda mi historia—. Pero te aseguro que puedes dejar de tener miedo, no vas a volver a la cárcel nunca más, y nadie va a poder quitarte a tus hijos.
La miro con una sonrisa de agradecimiento y tomo sus manos.
—¿Podrías ser su tutora, por favor? —le pido y ella frunce el ceño.
—¿Cómo madrina, quieres decir?
—Sí, pero también como tutora. No tengo a nadie más, Beri, y sé que es mucho pedir pero… pero si yo falto… —murmuro y mi corazón se encoge, pero ella me abraza.
—La respuesta es sí, claro que sí. A tus hijos jamás les faltará ni amor ni familia mientras yo viva, pero no quiero que pienses en cosas malas. Es hora de cambiar el chip, niña.
Asiento con suavidad y miro las incubadoras. Estamos más que atendidos, las enfermeras y el doctor los revisan cada hora, los tratan con mucho cuidado y me ayudan a alimentarlos cada poco tiempo. Yo apenas duermo, paso las noches abrazada a ellos, rezando porque sobrevivan a todo esto, porque se fortalezcan, hasta que al tercer día, algo cambia. Esos chillidos bajos que eran sus quejas de hambre se convierten en un grito estridente empezando el día y el doctor deja ir una carcajada.
—¡Ya se acordaron de que quien no llora no mama! —dice mientras levanta a Brianna y la revisa minuciosamente. Luego hace lo mismo con Brendan y deja escapar un suspiro satisfecho—. Excelente, estables y ganando peso, y con sus pulmoncitos a tope. Estas son buenas noticias.
Y parecen simples palabras, pero eso me da todo el valor que necesito para empezar a moverme de nuevo.
Dejo a mis bebes durmiendo después de su siguiente comida y camino por la casa lentamente, explorando las habitaciones que no he pisado en meses. La granja de mi madre está llena de recuerdos, pero también de heridas abiertas. Veo las paredes gastadas, las grietas en los techos, los muebles cubiertos de polvo. Es como si todo aquí llevara tanto peso como yo.
Cerca de la entrada hay una banqueta rota, probablemente de cuando registraron la casa. Me acerco y agarro una barra de hierro que sobresale. Es pesada, pero me gusta cómo se siente en mis manos. Es sólida, real, algo con lo que puedo golpear.
Beri se me acerca por detrás, en silencio, como si creyera que estoy a punto de quebrarme.
—Los bebés están bien —me asegura, cruzándose de brazos.
—Gracias a Dios y a ti —respondo, sin mirarla y mi voz suena débil incluso para mis oídos.
Ella asiente y se queda a mi lado, mirando la casa.
—Poco a poco dejarás ir el dolor —dice finalmente y yo la miro con un gesto negativo.
—¿Dejarlo ir? ¿Y cómo voy a hacer eso, Beri? —murmuro, sintiendo que la rabia empieza a hervir en mi interior—. Nada puede compensar el miedo que he pasado, la angustia de creer que perdería a mis hijos, las amenazas, las mentiras, el abandono…
Ella no se inmuta, solo me mira con esos ojos calmados que parecen ver a través de mí.
—Te entiendo, pero mirar las paredes vacías no lo solucionará.
Y por primera vez suelto una risa amarga y señalo una de las paredes de la sala.


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