TOMO 2. CAPÍTULO 94. La fuerza de una madre
Liliana.
El silencio en la enfermería me cala hasta los huesos. Beri sigue observándome con esa mirada calculadora, intensa, como si pudiera ver a través de mí, y yo no sé si sentirme agradecida o aterrada. Sus palabras rondan mi cabeza como ese puñetazo invisible que a veces necesitamos para despertar.
—Escucha, niña, tu historia me la puedes contar después, pero primero hay que sacarte de aquí —me dice y hace un gesto de la cabeza señalando a la puerta—. Escuché a la señorita Maléfica y no parece ser de las que se ande con cuentos.
Pero mi mente se quedó atascada en una sola palabra.
—¿Sacarme…? —murmuro y ella asiente.
—Sí, sacarte, pero eso depende de ti. ¿Cuánto quieres conservar a tus hijos? ¿Podrías dejar de ser débil, por ellos?
Nunca nadie me había dicho las cosas de forma tan directa. Nunca nadie había tenido el valor de mirarme a los ojos y decirme lo que yo misma me repito en silencio cada noche, pero sé que tiene razón.
—Haré lo que sea por mis hijos —le digo, y mi voz no tiembla porque sé que es la verdad.
Ella asiente, como si estuviera esperando esa respuesta, y sin decir nada se aleja, barre con el pie los trozos rotos del vaso bajo un mueble para que nadie los vea y alcanza el pedazo que dejó en la mesita. Antes de que pueda entender lo que está haciendo, se corta la palma de la mano con un movimiento rápido y preciso, y solo hace un gruñido de determinación.
—Esto te va a parecer lo más raro del mundo, pero no te muevas, niña —ordena, y aunque no tengo idea de lo que planea, su tono es tan firme que mi cuerpo obedece antes de que mi mente pueda procesarlo.
Beri mete su mano ensangrentada entre mis piernas, empapando mi uniforme en segundos.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, asustada, pero ella me interrumpe.
—Tú confía en mí, niña. Y ahora empieza a gritar, con toda la actitud…
—¿Qué?
—Que grites, como si estuvieras pariendo. ¡Grita con todo lo que tengas! Por ahí debes tener un mundo de cosas que te duelan ahora mismo —insiste mientras aprieta una gasa en su puño para esconder su propia sangre.
Todavía no entiendo nada, pero lo hago. Grito. Desde el fondo de mi pecho, como si mi vida dependiera de ello. Mis gritos llenan la enfermería y, al segundo, Beri también grita.
—¡Doctora! ¡Está sangrando! ¡Los bebés vienen!
Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. La doctora entra corriendo, con el rostro pálido y los ojos desorbitados. Me mira y, al ver mi uniforme manchado de rojo, maldice en voz baja.
—¡Esto no puede estar pasando! —exclama, mientras se acerca a mí y revisa mi abdomen con manos temblorosas—. ¡Solo tienes siete meses, los bebés no pueden venir ahora!
Yo sigo gritando, aunque el dolor que siento es todo emocional. Las palabras de Carolina siguen retumbando en mi cabeza. Los ojos de Logan, fríos e indiferentes, me atormentan. Y Beri, a mi lado, susurra entre dientes:
—Sigue así. No pares.


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