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IMPERDONABLE romance Capítulo 89

TOMO 2. CAPÍTULO 89. Una tortura personalizada

Liliana

Cuando Logan se va me quedo sentada en la sala de visitas como una estatua, con las manos sobre mi vientre y el alma hecha pedazos. Lo veo marcharse sin mirar atrás, y siento como si una parte de mí se hubiera roto de forma irreparable. No sé qué esperaba de él, pero lo que ocurrió… o, mejor dicho, lo que no ocurrió, me dejó en un limbo doloroso.

No es cierto que me amó. Si me hubiera amado al menos habría intentado creerme. Lo único que puedo agradecerle es que no odie a mis hijos, que al menos los ponga a salvo.

Me llevo una mano al abdomen, acariciándolo suavemente, y les susurro a mis bebés:

—No se preocupen, mis amores. Logan no dejará que nadie les haga daño. Pase lo que pase conmigo, ustedes van a estar bien. Él los protegerá ¿de acuerdo?

Quiero creer mis propias palabras, pero la duda se me clava como una espina en el pecho. Estoy cansada, rota, y por primera vez en mi vida, me siento completamente sola.

Tres días después, mientras estoy acostada en mi celda tratando de no pensar en todo lo que he perdido, una guardia se acerca y me dice que tengo una visita.

Al principio, pienso que tal vez sea mi abogado con malas noticias, o quizás alguien de la fiscalía con más acusaciones, pero cuando llego a la sala y veo a Salma, siento un golpe de emoción tan fuerte que me cuesta no llorar en ese mismo momento.

Está de pie, con la misma energía cálida de siempre, pero hay algo diferente en su mirada, como si hubiera envejecido de golpe en estas semanas. En sus manos lleva una bolsa, y cuando la pone sobre la mesa veo la macetita inteligente. La reconocería en cualquier lugar: blanca, brillante, con esas letras cursivas donde Logan hizo grabar mi nombre.

—La cuidé lo mejor que pude —me dice Salma con una sonrisa triste—. Cuando supe que Logan quería que te la trajeran, me ofrecí. Aunque no sé si te permitan tenerla aquí.

Una de las guardias la revisa y poco después me hace un gesto de que puedo conservarla.

Las lágrimas me brotan sin control. Salma se sienta frente a mí, estira una mano y la coloca sobre la mía.

—Lamento tanto lo que pasó, mi niña. No te merecías esto.

Me aferro a sus manos como si fueran un salvavidas y suelto toda la angustia que he acumulado.

—Salma, yo no hice nada de lo que dicen. No lo hice.

—Te creo. —Su respuesta es tan inmediata que me deja sin palabras; y la miro, buscando en su expresión algún atisbo de duda, pero no lo encuentro. Me está diciendo la verdad—. Soy muy buena leyendo a la gente —dice simplemente y eso rompe algo en mí.

No sabía cuánto necesitaba escuchar esas palabras hasta ahora. Lloro como no lo he hecho desde que todo esto comenzó, y Salma, sin decir nada más, se levanta y me rodea con los brazos.

—Tranquila, tranquila —susurra, como si pudiera calmar la tormenta que llevo dentro.

Cuando me calmo un poco, ella se sienta de nuevo y me limpia las lágrimas con una servilleta que saca de su bolso.

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