TOMO 2. CAPÍTULO 84. Un monstruo
Liliana
Detrás de mí tengo el sonido de las puertas metálicas y el eco de las botas de los guardias, que me ponen los nervios de punta. La sala huele a cloro y metal, me da náuseas y mis puños se ponen lívidos de tanto apretarlos, porque frente a mí está él. Basta que la puerta se abra y lo vea para que sienta que la sangre se me hiela en las venas.
Es Ryker.
Me levanto de golpe, haciendo que la silla caiga hacia atrás, y lo único que me sale es escupir contra el cristal que nos separa:
—¡Eres un infeliz! ¡Un maldito mentiroso!
Pero él no se inmuta. Se sienta frente a mí con esa sonrisa torcida que siempre odié, como si fuera dueño del mundo, mientras detrás de mí una de las guardias me grita que me siente.
Obedezco porque sé que no tengo otra opción, alargo la mano para alcanzar el teléfono y él hace lo mismo del otro lado.
—Te lo advertí, Liliana —dice con su asqueroso tono casual, como si estuviéramos hablando del clima—. Te dije que no jugaras conmigo, pero tú no escuchaste.
—¡Me arruinaste la vida! —le grito, apretando los puños contra el cristal—. ¡Dime cómo lo hiciste! ¿Cómo compraste a Derrick para que declarara que se estaba acostando conmigo cuando yo ni siquiera lo conocía antes de ir a la hacienda? ¿Cómo metiste un millón de dólares bajo el suelo de mi casa? ¿¡Cómo!?
Ryker suelta una risa baja, burlona, que me rompe todavía más.
—¿Crees que todo eso estaba planeado? —escupe furioso, arqueando una ceja—. No, Liliana. Esto no iba a ser así; pero cuando me hiciste arrestar, tuve que tomar una decisión: tu libertad o la mía, y siempre has sabido que yo no tengo problemas con sacrificar a los demás. Además…
Lo miro, tratando de entender. Mi respiración es pesada, como si cada palabra que dice fuera un golpe directo al estómago, debilitándome
—¿Además qué…? —le pregunto con un gruñido.
—Alguien me hizo una propuesta que no pude rechazar —responde con calma, inclinándose hacia adelante, como si disfrutara de mi confusión—. ¿Quieres saber la verdad? La verdad es que tú misma te pusiste en esta situación.
—¡Eres un maldito! —grito, golpeando el cristal con las palmas de las manos y la guardia me grita que me calme—. ¡Te inventaste todo esto!
Ryker solo sonríe.
—Bueno… solo lo que tiene que ver contigo, pero en mi defensa eres un condenado chivo expiatorio perfecto. ¿Y sabes qué es lo mejor? —dice, con esa mirada de serpiente que me pone la piel de gallina—. Que ahora tu preciosa granja es el escondite perfecto para todo mi dinero.
Siento que me falta el aire. Es como si un peso gigantesco me aplastara.
—¿Qué quieres decir?
—Exactamente lo que escuchaste —responde, como si estuviera disfrutando cada segundo de mi sufrimiento—. Ese millón bajo el suelo, todo lo que la policía encontró, está ahí porque yo lo puse ahí. Y ahora, mientras tú te pudres en esta celda, mi dinero puede estar a salvo en el mismo lugar porque nadie va a revisar de nuevo. Irónico ¿no?
Las lágrimas empiezan a salir de mis ojos, pero no de tristeza, sino de pura rabia, solo de saber que no puedo hacer nada para defenderme contra un monstruo como él.
—¡Te juro que pagarás por esto! —le grito—. ¡Todo el mundo sabrá la verdad!


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