TOMO 2. CAPÍTULO 55. Una obsesión malsana.
Logan
Es estúpido tratar de luchar contra mis sentimientos. Lo sé. A estas alturas, debería estar pensando en cómo resolver todo este lío, pero aquí estoy, planeando una sorpresa para Liliana. Alejarla de mí es lo más estúpido que puedo hacer cuando ni siquiera sé quién está realmente detrás de todo lo que nos ha pasado.
Lo único que tengo claro es que la quiero cerca. Quizás estoy loco, pero quiero que se quede conmigo.
Organizar el día de compras con Salma fue solo el primer paso. Liliana siempre está tan tensa, tan asustada, que lo único que quiero es que tenga un momento para relajarse, para sentir que no tiene que cargar con todo el peso del mundo.
Cuando llega a la casa, ya he hecho que acomoden todas las bolsas y cajas con las cosas que elegimos. Está todo ahí: ropa, zapatos, bolsos, perfumes... Pero cuando entra por la puerta solo es para abrazarme. No sé cuánto tiempo se queda así, pero su calor es especial y sé que no es por las compras.
De hecho la condenada casi ni le presta atención a las cosas en las que me he gastado una pequeña fortuna. Sus ojos simplemente no se detienen en las cosas materiales.
—Hola, Fresita. —Le sonrío, tirando de ella para sentarla sobre mí, en esta silla que Esteban insiste en que use durante unos días más.
Ella sonríe y me lanza una mirada nerviosa, pero hay algo en su expresión que me desarma.
—Hola, señor Greñitas —dice y alza una bolsa pequeña que lleva en la mano—. Te traje algo.
—¿Mi sorpresa? —Frunzo el ceño, intrigado.
—Sí, pero… no te rías, ¿ok? —Se muerde el labio, un gesto que me vuelve loco, y me pasa la bolsa.
—¡No, no, esto tenemos que verlo en nuestra habitación! ¡¿Qué tal si me trajiste algún fetiche sexy o algo?! —advierto pero solo quiero que nos quedemos a solas, es todo.
Cuando por fin la puerta se cierra, abro el paquete con curiosidad y me encuentro con dos pares de pijamas, uno grande y otro pequeño, con dibujos de fresas. Siento una carcajada burbujeando en mi garganta, y ni siquiera hago el intento de controlarme.
—¿En serio? —le pregunto, sosteniendo las pijamas frente a mí.
—¡No te burles! —protesta, cruzándose de brazos, pero hay una sonrisa tímida en sus labios—. Lo vi y pensé que sería divertido… ya sabes, para relajarnos.
—Tú… tienes una obsesión malsana con las fresas. —Sacudo la cabeza y me río a caracajadas.
—¿Y qué quieres que haga si tú me la alientas? —dice, mirándome con esos ojos grandes que brillan de emoción mientras se toca los aretes.
—¿Yo? —Levanto una ceja, señalando los aretes con un movimiento de la cabeza, tiene unas orejitas pequeñas y lindas, se las quiero morder y…—. ¡Ah, sí, claro! ¿Y quién fue la que gritó en la tienda de joyas cuando vio los rubíes?
Ella se ríe, con un sonido suave y auténtico que me hace olvidar todo lo malo por un momento.

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