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IMPERDONABLE romance Capítulo 40

CAPÍTULO 40. Sin disculpas

Liliana

Ya pasaron tres días desde el desastre con las pastillas. La casa está llena de un silencio frustrante, y Gemma y Anthony solo se quejan cuando Logan no está cerca. Por supuesto que ninguno de los dos se atreve a decirle nada por la partida de Vincent, pero sé lo que piensan porque yo pienso lo mismo. Vincent es tan orgulloso como Logan y mucho más cabeza dura, precisamente por eso no hay forma de que se entiendan, pero eso no significa que Vincent trataría de lastimarlo… al menos eso es lo que siento. Pero me he equivocado tanto últimamente que prefiero no arriesgarme a dar mi opinión.

Las pastillas ya las cambiaron, por supuesto, y el doctor Esteban hizo todo un escándalo por eso, porque quizás vinieran alteradas del hospital.

—Quizás alguien se confundió al llenar la prescripción, Logan —intenta calmarlo porque a él tampoco le gusta que esté distanciado de su hermano, pero Logan lo mira con esa misma sospecha que yo tengo: es demasiada coincidencia que la droga que pusieron en mis pastillas tuviera como efecto revolucionarme las hormonas.

Así que de momento sé que no confía en nadie más, y cuando abro este nuevo frasco para tomarlas, insiste en probarlas primero. Lo hace con un gesto decidido, como si se tratara de una misión personal.

—¿Y bien? —le pregunto, observándolo después de que se traga la pastilla con un poco de agua.

—No siento nada raro —responde finalmente, con un leve encogimiento de hombros. Luego me tiende la botella—. Te quiero comer, pero no es por la pastilla, obviamente. Ahora tú.

Tomo la pastilla y me la llevo a la boca. Su mirada está fija en mí, como si esperara que algo fuera a suceder. Trago con cuidado y le sonrío.

—Estoy bien.

Él asiente, pero no parece convencido del todo… o a lo mejor un poco decepcionado… ya no sé ni a qué atenerme con él.

En la tarde, durante su fisioterapia, noto algo diferente. Logan está más concentrado, su respiración menos entrecortada, su expresión mucho más relajada que de costumbre.

—¿Te duele? —le pregunto desde mi rincón habitual.

—No. Nada —responde, y él mismo parece sorprendido.

El fisioterapeuta se detiene y lo mira con una sonrisa triunfante, como si hubiera estado esperando este momento.

—Esto es un gran avance, Logan. Que no te dolieran los ejercicios era todo lo que necesitábamos. Hablaré con el doctor Esteban para programar tu operación lo antes posible.

—¿Cuándo? —pregunta Logan con ese tono frío pero expectante.

—Si todo sale bien, dentro de dos días.

Dos días. Mi corazón se acelera al escucharlo. En dos días, Logan estará en una sala de operaciones. En dos días, estará completamente indefenso.

—¡Excelente! Mejor no dar margen a que haga otra burrada que me ponga peor —sentencia con un suspiro, pero aunque no lo demuestre sé que está aliviado.

El día pasa en un pestañeo y cuando regresamos a la habitación esa noche, no puedo evitar mirarlo mientras lee. Está recostado en la cama, con el ceño ligeramente fruncido, absorto en un libro que apenas parece interesante. Su cabello cae en desorden sobre su frente, y por un momento me quedo perdida en la forma en que se ve.

Pienso en esos dos días. En cómo no podrá moverse, en cómo estará tan vulnerable. Siento un nudo en el pecho, una mezcla de preocupación y algo que no sé cómo describir, porque algo puede salir mal otra vez y no quiero que le pase nada. Es un ogro pero de alguna forma es el mío, por más retorcido que parezca.

Lo miro y sé que lo deseo, que lo quiero de una forma que nunca antes había sentido por nadie. Vuelve a ser mi Señor Greñitas, el que estuve cuidando, el que me daba esperanzas después de la muerte de mamá…

CAPÍTULO 40. Sin disculpas 1

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