CAPÍTULO 38. ¿Me crees?
Liliana
Mi cuerpo es suyo, ni siquiera sé explicarlo, pero él es lo único que quiero, lo único en lo que puedo pensar. Lo quiero, lo necesito, sus dedos invadiéndome no son suficientes, necesito más, necesito todo… Grito cuando el primer orgasmo me atraviesa, me ahoga, me alivia solo un poco y son minutos, segundos, eternidades antes de que el calor le ataque de nuevo. Los fuegos artificiales vienen otra vez, y otra y otra más, hasta que la oscuridad es más fuerte que todo lo demás y el cansancio me obliga a rendirme.
El calor de sus manos sigue en mi piel incluso después de que despierto. No sé qué hora es, pero el mundo me pesa, como si estuviera bajo el agua. Intento moverme, pero mi cuerpo duele en cada rincón, como si hubiera corrido una maratón sin prepararme. Mi cabeza late con fuerza, una mezcla de confusión y malestar que me hace apretar los ojos con un gesto de dolor.
—¿Lili? —escucho la voz de Logan, baja y áspera. Su tono no es el habitual. Es... ¿preocupado?
Abro los ojos con esfuerzo y lo veo sentado a mi lado. Tiene una expresión seria, pero sus manos están en mi rostro, suaves.
—Será mejor que no te muevas —me dice—. La noche estuvo… intensa.
Su voz me descoloca. ¿Qué pasó anoche? Recuerdo fragmentos, como destellos: su tacto, mi cuerpo respondiendo a él, su voz en mi oído. Mi rostro se calienta de inmediato, pero el malestar físico me gana y no puedo evitar soltar un pequeño gemido.
—Me siento horrible —susurro, y para mi vergüenza, mis ojos se llenan de lágrimas.
No puedo evitarlo. Esto no se siente bien, nada de esto. Mi cuerpo duele de una forma que no puedo explicar, como si hubiera sido llevado al límite de maneras que no entiendo. Las lágrimas empiezan a caer y me hago un ovillo de angustia. Esto es una pesadilla, ¿qué está pasando?
—Tranquila, nena que de verdad no te hice nada. —Logan me envuelve en un abrazo firme pero sin apretarme, como si temiera romperme; y sus palabras salen serias en medio de ese vozarrón ronco—. Lo que estás sintiendo solo es la resaca de la droga, no de mí. ¡Créeme, yo te hubiera dejado mucho peor!
Lo miro, confundida, intentando entender.
—¿Qué?
—Anoche estabas drogada.
Mi corazón da un vuelco.
—¡¿Qué?! No, yo… ¡yo no me drogo! —exclamo, pero incluso mientras hablo mi voz suena débil y temblorosa.
Logan asiente con seriedad, y entonces veo algo en sus manos: el bote de pastillas que me trajo el doctor Esteban.
—¿Empezaste a tomarlas ayer? —pregunta, y aunque su tono es bajo, hay un filo en su voz que me hace tragar saliva.
—Sí, pero… son para mi tratamiento. Son las mismas que me estaba tomando, me dijo que siguiera cuando se me acabara el primer bote…
Logan cierra los ojos por un momento y se pasa una mano por el cabello.
—Este es el único lugar donde pudieron haberte metido la droga, Liliana.
Mis lágrimas caen antes de que pueda detenerlas, porque si es así, si esto pasó… sé que no vino del doctor Esteban… ¿o sí?


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