CAPÍTULO 32. Marido y mujer.
Logan
La escucho gritar en medio de la noche. Es un sonido desgarrador, como si alguien la estuviera lastimando. Entre sus sollozos, capto palabras sueltas: “mamá”, “no, por favor”, “déjame”, “no me hagas daño”. Me quedo inmóvil un momento, escuchando el eco de su sufrimiento en la habitación oscura y aprieto los puños.
No soy un hombre sensible, pero esto simplemente me dificulta demasiado las cosas, no sé si le hicieron daño o si tiene miedo de que se lo hagan. No sé si a quien le teme es a mí o a alguien más. Lo único irrefutables que Liliana está muerta de miedo.
La abrazo cuando vuelve a acurrucarse a mi lado, pero por la mañana, cuando abre los ojos, todavía tiene un rastro de lágrimas en las mejillas. No digo nada porque no quiero que se dé cuenta de que estuve despierto escuchándola, pero simplemente no me lo puedo sacar de la cabeza.
La sesión de fisioterapia del día pasa más rápido de lo usual. El dolor ha disminuido un poco, pero al final estoy agotado como todos los otros días, y pongo es su cabeza la tentación que los dos necesitamos.
-¿Quieres ir al jacuzzi? -pregunta.
-Solo si vienes conmigo —respondo con una sonrisa cansada.
Durante un segundo veo cómo sus pupilas se dilatan, pero al final solo asiente en silencio.
—Vamos —dice y me dejo llevar más dispuesto que un niño a un cumpleaños.
Por supuesto que el calor del agua siempre ayuda, y hoy no es la excepción… la excepción es ella. Liliana se mete detrás de mí, pero mientras yo solo llevo el bóxer, ella entra al agua con su ropa puesta.
Por algunos minutos masajea mi espalda, y cuando ya no puedo soportarlo me doy la vuelta y la envuelvo en mis brazos. Siento su cuerpo tenso contra el mío, su respiración entrecortada. Está nerviosa, pero no se aparta.
—¿Me tienes miedo? —le susurro porque necesito saberlo, pero la forma en que contiene el aliento me desarma.
Mi bica busca la suya con una mezcla de suavidad y desesperación. Sus labios son suaves, temblorosos, dulces, y responden al beso con una mezcla de timidez y deseo. Hundo la lengua entre sus labios y exploro ese sabor a fresas que parece ser eterno en ella. Una de sus manos se enreda en el cabello de mi nuca y no puedo evitar sonreír contra su boca.
—Quizás… —digo mientras una de mis manos delinea su clavícula y baja entre sus pechos. Desabrocho lentamente su vestido y la siento jadear, pero no me detengo, necesito saber que esto es excitación y no miedo. No puedo explicarlo, pero necesito saber que no me tiene miedo de esta forma—. Quizás si empezamos a comportarnos como marido y mujer, empiece a recordar algo.
Sus pupilas se dilatan en un instante, pero no dice nada. Solo gime cuando mis dedos se deslizan por su piel.
—Dime si no quieres que lo haga —le digo, haciendo lo que probablemente jamás he hecho en mi vida: dándole una oportunidad de detenerme.
Mi dedo pulgar roza el borde de encaje de su brasier y lo echo a un lado, desandando con mi boca ese camino perfecto antes de devorar uno de sus pezones.

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