CAPÍTULO 28. Amor filial
Logan.
Cuando Vincent me dice que tengo visita, ya estoy de mal humor. Detesto las visitas, especialmente cuando no las espero; mis días son lo suficientemente caóticos sin tener que lidiar con sorpresas desagradables.
Y para acabar de rematar tengo a Liliana a diez centímetros de mí, y sus pechos pequeños subiendo y bajando al compás errático de su respiración bajo el vestido mojado…
—¡Logan!
—¡Ya voy! —grito con frustración y Liliana aprovecha para escapar de mí.
Sale del jacuzzi y luego me ayuda a secarme y vestirme a toda prisa. Todo el tiempo noto que me observa con una mezcla de preocupación y algo más que no puedo descifrar. La dejo sola en la habitación para que pueda cambiarse tranquila y salgo al salón.
Y mi silla se detiene de golpe cuando lo primero que veo es a Gemma. Mi hermana.
—¡Logan! —grita antes de lanzarse sobre mí con lágrimas en los ojos.
—Gemma… —murmuro, mientras me da un abrazo que no sé cómo corresponder.
Hace mucho que no la veía, casi dos años ya desde el incidente de su boda fallida, cuando el interesado de su prometido salió huyendo con el dinero que le prometí y con una de las damas de honor. Pensé que mi hermana me seguía detestando por eso, pero este abrazo dice lo contrario.
—¡No tenía ni idea de lo que te había pasado! —llora, besándome en cada mejilla y mirándome como si no pudiera creer lo que ve—. ¡¿Por qué nadie me dijo nada?!
—¡Porque nos tienes bloqueados, por eso! —espeta Vincent con evidente molestia—. Tuve que mandar a alguien a buscarte en persona, así que no vengas a darte golpes de pecho.
Gemma frunce el ceño, pero solo le gruñe con molestia y decide ignorar ese comentario.
—Lo siento mucho, Logan. De verdad. Estoy aquí para lo que necesites, ¿vale? Haré todo lo posible para localizar a papá y a Christian…
—No te preocupes, ya estoy trabajando en eso, Gemma —la interrumpe Vincent y recuerdo que estos dos no se soportan.
—¡Pues entonces voy a estar aquí para cuidarlo como se necesite! —replica mi hermana y yo me tenso, cuando veo las maletas entrando.
El capataz las trae. Y son muchas… muchas maletas.
Derrik pasa a nuestro lado haciendo un saludo amable y sube las maletas a una de las habitaciones de invitados, y noto cómo mi hermana lo observa con curiosidad.
—¿Y ese quién es? —pregunta, levantando una ceja.
—Derrik, mi capataz —gruño antes de añadir con sarcasmo—. Quizás si hubieras aparecido en los últimos dos años, lo sabrías.
Gemma abre la boca, lista para protestar, pero en ese momento Liliana aparece en la puerta del salón. Lleva un vestido sencillo, y su cabello todavía está un poco húmedo, justo como el mío, así que no hay que ser adivino para imaginar que estábamos juntos en el baño.
Mi hermana frunce el ceño con incomodidad y la mira de arriba abajo.
—¿Y esta quién es? —reclama y yo respiro hondo.
—Liliana, ven aquí —digo, haciéndole un gesto para que se acerque—. Hermanita, te presento a mi esposa.

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