TOMO 3. CAPITULO 156. Ansiosa por verlo de nuevo
Logan
Se me derrite el corazón al ver a Lili con los niños. Liliana levanta a la nena, que de momento es la que parece más hambrienta, y me semana un mueble en el otro extremo de la habitación. Veo que es una nevera diminuta y que dentro hay varios biberones.
—Voy a calentarlos —digo pero ella me interrumpe.
—No te molestes, les gustan fríos —me dice mientras se sienta en uno de los sillones y puedo ver su gesto de frustración porque el dolor no la ha dejado acomodarse bien.
—Espera espera… yo te ayudo. —Me adelanto y antes de que pueda protestar la levanto en brazos a ella y a la bebé y las acomodo en el sillón.
Siento el cuerpo de Liliana tensarse pero un segundo después está más a gusto y me da las gracias como si estuviera viendo un unicornio o algo así.
Le entrego uno de los biberones y voy por Brennan, que ya se ha despertado también, y me acomodo en otra mecedora mientras le doy su biberón. Lo sostengo con cuidado, como si fuera lo más valioso que he tenido en las manos. Es tan pequeño, tan frágil; sus diminutas manitas se aferran a mis dedos, y no puedo evitar sentir un nudo en la garganta.
Por un instante el tiempo se detiene en el mejor momento del mundo… y también el peor para los remordimientos.
Miro a Liliana y mi corazón se encoge. Su expresión es serena, como si el caos de nuestra realidad no pudiera alcanzarla aquí.
Le doy el biberón a Brennan, observando cada uno de sus gestos, y no puedo creer que me haya perdido un tiempo tan importante. El arrepentimiento es como una cuerda alrededor del cuello, y solo quienes lo hayan sentido en carne propia pueden comprender lo que se siente.
—Eres precioso, hijo —murmuro, sin apartar la vista del bebé—. Voy a encontrar la forma… te juro que voy a encontrar la forma de compensarte...
—¿De qué hablas, Logan? —pregunta ella, mirándome por encima del hombro con curiosidad y sus ojos son tan intensos que por un momento me cuesta responder.
Respiro hondo y finalmente me atrevo a decirle lo que pienso.
—Estoy… tan arrepentido, aunque sé que no sirve de nada. Hubo un momento en que debí protegerlos, en que debí estar ahí para ellos, y para ti… pero no estuve. No los protegí como debía y yo... siento que por más que trate nunca podré compensarlos por lo que pasó.
Liliana guarda silencio por unos segundos, como si estuviera intentando descifrar si este condenado arrepentimiento es sincero o no, pero finalmente mira hacia otro lado.
—Estás aquí ahora. Eso es lo que importa. Ellos no recordarán nada —murmura y yo aprieto los labios.
—Pero tú sí. —Y eso es lo único en lo que puedo pensar.
Los bebés terminan de comer y se quedan dormidos poco después. Liliana sigue sorprendida de lo fácil que se me da dormirlos, y luego ella y yo los llevamos a su cuna con cuidado, asegurándonos de que estén cómodos. Dejamos la habitación de los gemelos, Liliana se lleva solo el monitor para escucharlos y yo la sigo hasta que me doy cuenta de que acabamos en la suya. Ella cierra la puerta con suavidad y se apoya contra la madera con los brazos cruzados.


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