TOMO 3. CAPÍTULO 143. Imperdonable
Liliana
La sala de juntas está sumida en un silencio pesado, uno que parece aplastar a todos los presentes. Por mi parte, no tengo interés en prolongar esto más de lo necesario.
—Este es un día para celebrar —digo finalmente, rompiendo la tensión como si no pasara nada—. Ya todo el mundo sabe lo que tiene que saber. Pondremos en orden las cosas después, ahora vamos por champaña que el calor lo amerita.
Los murmullos comienzan de inmediato. Los invitados salen, ajustándose las chaquetas y tratando de recuperar algo de compostura antes de empezar con los chismes, pero lejos de los protagonistas, claro está.
Poco a poco se marchan, pero no puedo evitar notar cómo el rostro del gobernador está tenso, como si estuviera procesando todo lo que acaba de suceder. Su esposa lo toma del brazo y lo guía hacia la salida, dándome una mirada que, aunque breve, denota respeto.
Cuando el último de los asistentes cruza la puerta, me permito un respiro. Estoy cansada, más de lo que debería, pero no puedo mostrarlo.
Entonces veo a Logan.
Está quieto, el único que queda en medio de la sala, mirándome como si quisiera decir algo pero no pudiera encontrar las palabras. Antes de que pueda acercarse, un grito nos distrae.
—¡Espero que no hayas tenido nada que ver con esa basura, Gemma! —La voz de Anthony resuena con fuerza, cortando el aire como un látigo desde el pasillo.
Casi había olvidado que el resto de la familia de Logan también estaba aquí. Vincent tiene el gesto torcido, como si ya lo esperara, pero Christian, Anthony y el señor St Jhon tienen cara de que acaban de ver una película de terror que no esperaban. Incluso la indeseable de su hermana parece sorprendida.
Me giro hacia ellos y veo que Anthony tiene a Gemma agarrada del brazo y su rostro está rojo de rabia.
—¡¿Tú sabías que Carolina había amenazado a nuestros sobrinos?!
—¡No sabes si son nuestros sobrinos, imbécil! —grita ella, con esa soberbia que siempre lleva como una armadura, pero que se está resquebrajando.
—¡Cállate! —Es Christian quien habla esta vez, y su tono no admite discusión—. ¡Igual son niños! ¡No se puede amenazar así a un niño, Gemma! ¡¿Qué clase de persona eres?!
—¡Pero si es que yo no sabía nada de eso! ¡Me estoy enterando…!
Y para mi sorpresa siento que es verdad, que no sabía lo que había hecho Carolina. Gemma parece querer responder, pero Anthony no le da oportunidad. La arrastra hacia la puerta, y aunque ella patalea y grita, se la llevan antes de que pueda escuchar más.
Cierro los ojos por un momento y cuando vuelvo a abrirlos Logan está justo frente a mí. Está pálido, las ojeras oscuras bajo sus ojos delatan el cansancio y lo enfermo que ha estado, pero hay algo más. Algo que no había visto antes a este nivel: desesperación.
Trata de decir algo, pero en lugar de palabras lo que sale es un ruido seco, como si se estuviera ahogando con su propia culpa. Se gira bruscamente y camina por todo el salón, cerrando cada puerta, asegurándose de que nadie más entre.
Lo veo caminar de vuelta a mí, y mi primer instinto es retroceder, pero antes de que pueda reaccionar me envuelve en un abrazo.
Es tan rápido y tan inesperado que me quedo congelada. Lo siento temblar, siento la humedad de sus lágrimas en mi cabello, y aunque mi primer movimiento es para apartarlo, sus palabras me detienen.
—Perdóname… Lili, por favor, perdóname…
Su voz está rota en un susurro, pero viene cargada de una sinceridad que me duele escuchar.
Lo aparto de mí con firmeza, pero no con brusquedad. Lo miro a los ojos y, aunque siento un nudo en la garganta, no vacilo cuando le digo:
—No.


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