TOMO 3. CAPÍTULO 105. Un hilo que tira del corazón
Logan
Vincent es tan predecible y lo conozco tan bien que sé perfectamente que cuando habla de una "fiesta" no está pensando en algo al estilo de una bacanal romana. Así que cruzo los brazos y espero a que me cuente qué tontería relacionada por supuesto con trabajo se le ocurrió ahora.
—Muy pronto se reunirán los hacendados de la región… —me explica y suelto un gruñido.
—¿Quién se casa?
—Nadie.
—¿Quién se divorcia? —pregunto con ironía y él bufa.
—Deberías ser tú pero no tienes tanta suerte. Se van a reunir para discutir una nueva ley estatal que busca limitar la producción de las tierras. Todos están indignados porque si esa basura se aprueba, las restricciones nos golpearán duro. Sé que no estás del mejor humor para reuniones sociales, pero…
—Mi hacienda no está para perder terreno frente a burocracias absurdas —gruño porque entiendo que me guste o no soy alguien con cierta influencia en la comunidad y no puedo dejar que esto pase—. Está bien, iré —le digo mientras reviso unos papeles—. Pero hablaremos de eso luego porque de momento tengo que salir.
Vincent me observa, como siempre metiéndose en lo que no le importa.
—¿A dónde?
—Tengo que firmar unos documentos para los hospitales —le respondo, girándole los ojos en blanco mientras me pongo la chaqueta—. Lo último que necesito es que los abogados vengan a buscarme a la casa y me den un dolor de cabeza… más.
Mi hermano hace una mueca y veo que sale y regresa poniéndose una gabardina.
—Pues yo me voy contigo. Ni loco me quedo aquí soportando a la loca de Carolina.
No discuto, porque la verdad es que ni a mí que soy su marido me dan ganas de volver temprano para encontrarme con ella. Carolina sigue siendo mi esposa, pero esa palabra dejó de tener significado desde el mismo momento en que nos casamos.
Creo que pensó que la boda sería como un mágico interruptor que apagaría todo lo que pasó antes de ella, así que no hay forma de que nuestra relación no esté en ruinas. Dormimos en la misma casa, pero eso es todo. Prefiero el sofá del despacho antes que compartir la cama con ella, y ahí rebusco entre las mantas para buscar el reloj antes de salir.
Vincent me mira con impotencia y en el camino al hospital, sé que no puede aguantarse lo entrometido; así que me suelta la pregunta que parece estar en su cabeza desde hace tiempo:
—¿Por qué demonios sigues casado si hasta en tu propia casa tienes que dormir en un sofá?
Resoplo, exasperado, pero después de todo lo que ha pasado no tiene caso mentirle, así que acabo confesando algo que nunca he dicho en voz alta:
—Porque hasta dormir en el suelo sería mejor. Si estoy incómodo… si estoy incómodo no sueño con Liliana.
Él me mira de reojo, como si intentara medir cuánto de mi respuesta es broma y cuánto es verdad, pero no dice nada. El infierno que le ha seguido a la inexplicable desaparición de Liliana es mejor no revolverlo y los dos lo sabemos.
Llegamos al hospital y firmo los documentos necesarios. Es una rutina que suelo evitar delegar porque me permite estar al tanto de todo, y desde el supuesto caso de tráfico de órganos estoy más atento que nunca. Paso un rato con el personal de administración, revisando cifras y reportes, mientras Vincent espera aburrido en un sillón.

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