Con el ruido de la campana extractora de fondo, Erika ni siquiera se dio cuenta de que Valerio estaba parado no muy lejos, observándola cocinar con una expresión de absoluta felicidad.
Solo cuando la vio sacar el tazón para servir la sopa de fideos, él caminó rápido hacia el comedor para sentarse a esperar.
Unos instantes después, un humeante tazón de sopa de fideos con tomate, huevo y verduras, con un aroma espectacular, fue colocado frente a él.
Valerio miró el plato. El vapor caliente liberaba un olor tan tentador que sus ojos se humedecieron. Para él, eso no era solo un plato de fideos, era una muestra del calor de hogar que Erika le estaba ofreciendo.
—Come antes de que se enfríe —dijo Erika, manteniendo su tono distante.
Dicho esto, justo cuando iba a darse la vuelta para irse, Valerio la agarró de la muñeca.
—Siéntate. Tengo algo que decirte.
Erika se detuvo, apartó la mano con suavidad y se sentó lentamente.
Al verla sentada, Valerio tomó sus cubiertos y comenzó a comer. Los fideos firmes, impregnados con el toque agridulce del tomate, el sabor reconfortante del huevo y la frescura de las verduras, despertaron sus papilas gustativas de inmediato.
Probó el primer bocado y una expresión de total satisfacción se reflejó en su rostro.
—Gracias, está delicioso. Igual que antes —dijo Valerio en voz baja. A oídos de Erika, su voz parecía estar ahogada por un ligero nudo en la garganta.
Ella no dijo nada; se limitó a observarlo comer en silencio.
Valerio comía con una concentración absoluta, como si estuviera degustando el manjar más exquisito del mundo.
Al terminar, dejó los cubiertos a un lado y clavó su mirada intensa en ella.
—Hacía muchísimo tiempo que no comía algo tan delicioso —dijo, y su voz estaba cargada de sinceridad.
Erika bajó un poco la mirada y respondió con indiferencia:

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