Erika asintió.
—Mejor llévatelo, yo... yo no lo necesito...
Dicho eso, se sentó frente a la computadora lista para revisar unos documentos.
Valerio la observó concentrada en su trabajo. Abrió la boca para decir algo más, pero se contuvo y no emitió sonido.
Se quedó sentado en silencio mirándola un rato y, al ver que ella no tenía intención de prestarle atención, se recostó en el sofá.
Tal vez por no haber dormido en toda la noche y el profundo agotamiento físico y mental, o tal vez porque la tranquilidad del estudio lo hacía sentir en paz, Valerio fue relajando el cuerpo sin darse cuenta, y los párpados le pesaron cada vez más.
Erika terminó de revisar un archivo, levantó la vista por casualidad y descubrió que Valerio se había quedado dormido en el sofá.
Estaba recostado con los dedos entrelazados. Bajo la suave luz, su rostro se veía increíblemente sereno; la frialdad que solía mostrar se había transformado en una expresión apacible.
El corazón de Erika dio un vuelco. Por un instante, creyó ver al muchacho que alguna vez la había enamorado.
Se levantó de la silla y caminó hacia él de puntillas.
Al ver su rostro dormido, recordó de pronto lo que Silvia había gritado antes: *No durmió en toda la noche... ¿Qué habrá pasado?*
Su primera intención había sido despertarlo para que se fuera, pero dudó. Tomó una manta ligera que estaba cerca y lo cubrió con cuidado. Al ver que estaba durmiendo casi sentado, le sostuvo la nuca con delicadeza y lo acomodó para que quedara acostado en el sofá.
Una vez hecho esto, Erika se quedó de pie, mirándolo con una mezcla de emociones en sus ojos.
Ya no lograba descifrar qué sentía exactamente por él...
Suspiró, se dio la vuelta y regresó al escritorio, pero de repente ya no tenía ganas de trabajar.

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