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Tres días después.
La tan esperada licitación se llevaba a cabo en el lujoso centro de convenciones en el corazón de la ciudad.
En el exterior, la zona estaba plagada de autos de lujo, de los cuales descendía un desfile interminable de figuras importantes del mundo empresarial.
No pasó mucho tiempo antes de que el inmenso salón del centro de convenciones se llenara de gente. El ambiente estaba cargado de expectación.
Los gigantescos candelabros de cristal irradiaban una luz resplandeciente que iluminaba el recinto como si fuera de día.
Alrededor del salón, elegantes paneles exhibían la información detallada y los planes de desarrollo urbanístico del terreno en disputa.
En las filas de asientos aguardaban los representantes de cada corporación. Algunos murmuraban entre ellos, mientras otros estudiaban los folletos con el ceño fruncido. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Sobre la tarima, el equipo organizador realizaba los preparativos finales, probando los micrófonos y las pantallas para asegurarse de que todo saliera a la perfección.
Apenas Camilo Ríos entró al recinto, sus ojos barrieron la sala con la agudeza de un halcón. No tardó en localizar a su hermano, Ricardo, a poca distancia. Para su sorpresa, Ricardo ya lo estaba observando.
Ricardo caminó hacia él con pasos tranquilos. Llevaba una sonrisa en los labios, pero esta no le llegaba a los ojos.
—Camilo, qué sorpresa verte interesado en este terreno —fue el primero en hablar. Su tono sonaba amigable, pero escondía púas en cada sílaba.
Camilo sonrió de medio lado con un gesto de desprecio. Sus ojos refulgían de arrogancia y actitud desafiante.

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