—Ay, mi niña, no la estoy defendiendo, solo te estoy abriendo los ojos a la realidad. Piénsalo con la cabeza fría: ¿Qué ganas tú con hacerte su enemiga? Fíjate nada más cómo arrinconó a Yolanda sin siquiera despeinarse. Con eso te das cuenta de que esa mujer es astuta y peligrosa. Al fin y al cabo, son primas. Si la tratas bien y te portas amable, quién quita y logres sacarle un buen provecho.
La madre de Stefania suspiró, frustrada ante la falta de visión de su hija, y continuó:
—Las acciones de tu padre en el Corporativo Romero son insignificantes. Y tú... bueno, gastas dinero como si fuéramos millonarios. Yo he sido ama de casa toda mi vida, no tengo ni un centavo a mi nombre. ¿Alguna vez te has puesto a pensar qué va a ser de nosotras si las cosas se ponen feas?
Stefania frunció el ceño. Las palabras de su madre le cayeron como un balde de agua fría.
—Pero después de lo que acaba de pasar, ¿cómo quieres que me acerque a ella? ¡Sería como rogarle perdón de rodillas! ¡Jamás!
Dio un pisotón en el suelo, con los ojos brillando de orgullo herido.
—¡Yo nunca me he rebajado ante nadie! ¡Mucho menos ante esa arrimada!
Su madre la miró con profunda lástima.
—Stefania, ¿por qué eres tan terca? Las cosas ya no son como antes, no puedes seguir actuando como una niña mimada. Si no te tragas tu orgullo ahora, las únicas que vamos a terminar en la calle somos nosotras.
Stefania torció la boca, renuente a aceptar su derrota.

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