Podía sentir cómo su corazón seguía latiendo desbocado por la adrenalina del enfrentamiento, pero se esforzó por calmarse.
Al recordar quién solía ser, no pudo evitar que una sonrisa irónica se dibujara en sus labios.
En el pasado, su filosofía de vida era evitar problemas a toda costa. Huía de los conflictos.
Cada vez que alguien la humillaba o la trataba injustamente, agachaba la cabeza, se mordía la lengua y dejaba que pasara, con la ingenua esperanza de vivir en paz, sin que las envidias ajenas la salpicaran.
Sin embargo, la vida le había enseñado a golpes que su tolerancia había cruzado el límite.
Para esa clase de gente, su bondad no era una virtud, sino un letrero de neón que gritaba que era un blanco fácil. Su silencio solo servía para que la pisotearan con más saña.
Erika abrió los ojos lentamente. Su mirada ya no reflejaba miedo, sino un brillo gélido y calculador.
Se prometió a sí misma que las cosas iban a cambiar. Nadie volvería a ponerle un dedo encima, ni a ella ni a su familia.
Y si para defenderse tenía que hacer arder el mundo, estaba dispuesta a encender el fósforo.
Afuera, en el pasillo, Stefania veía cómo las puertas del ascensor se cerraban, sellando la mirada de desprecio absoluto que Erika le había lanzado.
Abrió los ojos desmesuradamente, sintiendo que la sangre le hervía. La rabia amenazaba con hacerla explotar.
—¡Erika, maldita engreída! ¡Me las vas a pagar! —bramó Stefania, escupiendo las palabras entre dientes. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

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