Justo cuando Yolanda se hundía en la más negra desesperación, aparecieron Liliana Yáñez y Benjamín Romero.
Una repentina llama de esperanza iluminó el rostro de Yolanda, como si viera la luz al final del túnel.
—¡Papá! ¡Mamá! —gritó con desesperación, la voz ahogada en llanto—. ¡Ayúdenme, por favor, no dejen que me lleven!
Nada más entrar al salón, Liliana y Benjamín se toparon con la escena: Yolanda inmovilizada por los guardaespaldas y un denso ambiente de tensión entre los presentes.
Ambos fruncieron el ceño, completamente confundidos.
Y más sorprendente aún, Yolanda no los había vuelto a llamar "papá" y "mamá" desde que se reunió con la familia Jiménez.
—¿Qué locura es esta? Yolanda, ¿qué está pasando? —preguntó Liliana, alarmada, acercándose a ella.
Sin embargo, cuando los familiares le relataron lo que Yolanda había hecho, Liliana se detuvo en seco. La preocupación en su rostro dio paso a un horror y una decepción absolutos.
Con los ojos desorbitados y los labios temblorosos, no podía creer que la hija que siempre consideró intachable fuera capaz de semejante bajeza.
Liliana negó con la cabeza lentamente, con el alma partida. Sus hombros temblaban bajo el peso aplastante de la verdad.
—Yolanda... ¿cómo te atreviste a algo así? Te criamos para que fueras alguien de bien, recta y honesta, y nos fallaste de la peor manera —murmuró con voz ronca, consumida por la impotencia.
El rostro de Benjamín se ensombreció de manera aterradora. Frunció el ceño hasta marcar arrugas profundas en su frente y miró a Yolanda con furia, apretando los puños.

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