—Tienes que disculparte con Erika, con la abuela y con toda la familia Romero —exigió otro familiar.
Valerio Ramírez negó con el dedo índice.
—Parece que aún no te das cuenta de que has cometido un delito. Antes de venir, llamé a la policía.
Yolanda Romero quedó paralizada al escuchar eso.
*¡Imposible! Solo cambié unas cosas de lugar, ¿qué clase de delito es ese?*
Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de terror e incredulidad. Yolanda comenzó a forcejear como una loca, intentando zafarse del agarre de los guardaespaldas. Se retorcía con violencia, como una fiera acorralada dispuesta a todo para escapar de su jaula.
—¡Suéltenme! ¡Déjenme en paz! ¡Yo no he cometido ningún delito! —gritaba Yolanda. Su voz temblaba, cargada de desesperación. Su rostro palideció y una fina capa de sudor cubrió su frente.
Manoteaba con fuerza, desesperada por librarse.
Sin embargo, los guardaespaldas eran corpulentos y la sujetaban con una fuerza implacable, inmovilizándola por completo.
La mirada de Yolanda rebosaba ira y resentimiento. Clavó sus ojos en Valerio y Erika, fulminándolos como si quisiera despedazarlos vivos.
En medio de aquel caos, una tormenta se desataba en su interior.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón