—Ay, señorita Yolanda, eso es imposible —dijo Mario, fingiendo angustia—. Aunque soy el gerente, mi margen límite es del cuatro por ciento. Ofrecer un cinco ya me mete en problemas. No me ponga entre la espada y la pared.
Apenas terminó de hablar, Yolanda lo miró con evidente desagrado.
—¿Entonces no hay trato? —dijo, tomando a Erika del brazo y fingiendo que se marchaban.
Mario se apresuró a detenerla:
—¡Señorita Yolanda, espere, espere! Podemos negociarlo.
Yolanda se detuvo, le guiñó un ojo a Erika y luego miró fijamente al gerente:
—Mario, si vendes esta joya, no es solo por la comisión de hoy. ¿Acaso has olvidado cuánto he comprado en esta tienda y cuántas amigas te he recomendado? Piénsalo bien, ¿quieres seguir haciendo negocios conmigo en el futuro? Un quince por ciento, ni un centavo menos. Si no, me olvido de este lugar.
Mario puso cara de sufrimiento. Dudó un instante, apretó los dientes y suspiró:
—Señorita Yolanda, ya que lo pone así... de acuerdo. Quince por ciento.
Erika miró la joya y dijo en un tono suave:
—Gracias, Yolanda. Luego te invito a comer algo para celebrar.
Yolanda agitó la mano, restándole importancia.
—No es nada, tranquila. Yo también elegiré algo para la abuela Romero. Me llevaré El Melocotón de la Eternidad, es muy bonito.
Ambas pagaron sus respectivos regalos.
—Ambas piezas llevan estuche, ¿verdad? Por favor, envuélvelas de la forma más elegante —ordenó Yolanda.
Luego se giró hacia Erika:
—Erika, ¿de qué color prefieres el tuyo?
—Dorado está bien —respondió Erika.
Yolanda asintió y miró al gerente.
—Mario, el estuche de El Sabio de la Longevidad irá en dorado y El Melocotón de la Eternidad en carmesí.
—Por supuesto. Pueden tomar asiento y descansar un momento, estará listo enseguida.


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