Su cabello negro y sedoso caía como una cascada sobre sus hombros, emanando un aroma sutil y embriagador; de vez en cuando, algún mechón suelto rozaba suavemente el brazo de él.
Camilo pensó para sus adentros: *Esta mujer es una belleza sin igual. Tania Quiroz no le llega ni a los talones. Con razón Valerio Ramírez está tan obsesionado con ella.*
Maquinando un plan rápidamente, Camilo se llevó una mano al pecho, apretó los labios y frunció el ceño, fingiendo una mueca de dolor profundo.
Erika notó su cambio de expresión y preguntó alarmada:
—Señor Ríos, ¿qué le pasa?
Camilo bajó la voz, haciéndose el débil.
—Yo... siento una presión muy fuerte en el pecho. Me cuesta respirar.
Julián intervino de inmediato.
—¿Será que te golpearon las costillas en la pelea? ¡Tenemos que ir al hospital para que te revisen!
Al escuchar a Julián, Martina también apoyó la idea.
—Sí, vamos de una vez. Un golpe interno no es cosa de juego.
—Está bien... —respondió Camilo, fingiendo que le costaba hablar.
Los cuatro salieron del bar a toda prisa, subieron al auto de Erika y se dirigieron directo al área de emergencias del hospital.
Durante todo el trayecto, Camilo mantuvo los ojos cerrados, quejándose en voz baja, proyectando la imagen perfecta de un hombre malherido.
Al llegar al hospital, bajaron rápidamente. Julián ayudó a Camilo a caminar mientras Erika y Martina iban al frente, corriendo hacia la entrada de urgencias.
La sala de espera estaba llena, con médicos y enfermeras yendo y viniendo a paso acelerado.
Erika explicó la situación a la enfermera de turno, quien rápidamente trajo una silla de ruedas para que Camilo se sentara.
Un doctor se acercó, hizo un par de preguntas de rutina y ordenó que lo llevaran a hacerse unas placas y exámenes.
Mientras esperaban los resultados, Camilo miró al grupo y dijo con tono apenado:
—De verdad, perdónenme por hacerlos pasar la madrugada aquí. Váyanse a descansar, yo llamo a un familiar para que venga a acompañarme.
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