Después de cenar, la calidez del momento seguía sintiéndose en la casa.
Valerio jugó pacientemente con los niños, y sus risas resonaron por todas partes.
No fue sino hasta que llegó la hora de dormir que los llevó a lavarse los dientes con dulzura.
Cuando por fin estaban acurrucados en sus camas, Valerio se sentó a un lado y les contó un cuento para dormir.
Una vez que los pequeños cayeron profundamente dormidos, él se levantó en silencio y se acercó a la puerta de Erika. Dio un par de toques suaves.
—Eri, los niños ya se durmieron. Ya me voy, descansa.
Erika, que estaba en su habitación, se sorprendió un poco al escucharlo. Ya no era el hombre terco que se aferraba a ella a toda costa; esta faceta tan caballerosa era casi irreconocible en él.
Recordando lo que había pasado esa tarde, se levantó de la cama y caminó despacio hacia la puerta.
Giró la perilla, abrió la puerta y lo miró a los ojos.
—Si no tienes prisa, acompáñame al estudio un momento. Tengo algo que preguntarte.
Valerio asintió.
Ambos entraron al estudio, y el rostro de Erika se tornó serio.
Valerio fue el primero en romper el hielo, con tono preocupado:
—¿Qué pasa, Eri?
Ella dudó un segundo antes de hablar.
—En realidad, quería preguntarte si conoces a los encargados del caso de Penélope. Quiero saber si alguien ha ido a visitarla. Para ser exacta, si Lorena Jiménez la ha ido a ver.
Valerio frunció el ceño, intrigado.
—¿Por qué quieres saber eso de repente?
Erika respiró profundo y le contó detalladamente su encuentro y conversación con Vanesa.
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