Justo en ese momento, la dulce vocecita de Alma resonó en la mesa.
—Todos esos lugares suenan hermosos... pero, mami, ¿por qué tú y papá no tienen fotos de su boda? ¿Acaso cuando se separaron tiraron todas las fotos a la basura?
La pregunta de la niña hizo que todas las miradas se clavaran directamente en Valerio.
Erika fingió que no había escuchado nada y siguió comiendo con absoluta indiferencia.
Desde aquel día en que Silvia Ramírez había sacado a los niños del jardín de infantes, Erika había decidido ser honesta. Para evitar que se confundieran, les había explicado de forma sencilla que papá y mamá ya no vivían juntos, y ellos lo habían entendido bastante bien.
Valerio, por su parte, esbozó una sonrisa tierna, tomó a Alma en sus brazos y le respondió con infinita dulzura.
—Claro que tenemos fotos, mi princesa. Solo que están colgadas en nuestra otra casa. En cuanto terminemos de almorzar, papá te llevará a verlas, ¿qué te parece?
—¡Sí! —celebró la pequeña.
—¡Yo también quiero ir! —exclamaron los otros dos niños, uniéndose al alboroto.
En ese instante, el teléfono de Leonardo comenzó a sonar. Al ver la pantalla, frunció el ceño. Era una videollamada de Yolanda.
Dudó un segundo, pero finalmente contestó.
En la pantalla, Yolanda mostraba un rostro pálido y arrepentido, aunque en el fondo de sus ojos se escondía un brillo calculador.
—Hermano... —comenzó a decir, con una voz que sonaba frágil y adolorida.
Leonardo la miró con frialdad y no pronunció palabra.
Yolanda se mordió el labio.
—Hermano, yo... ¿Erika ya fue por los niños? Me gustaría pedirles perdón en persona...
Leonardo asintió y le hizo señas a la niña.
—Ven, Alma, acércate a tu tío.
Alma caminó obedientemente hacia Leonardo y miró la pantalla del teléfono con curiosidad.
Al ver a la niña, Yolanda forzó una sonrisa lastimera.


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