Esa misma noche.
Erika se despertó estornudando sin parar y sintiendo una picazón terrible en varias partes del cuerpo.
Se llevó una mano al pecho y se incorporó para presionar el botón de asistencia.
Pronto, una enfermera entró corriendo. Al encender la luz y ver a Erika, se tapó la boca del susto.
Al notar su reacción, Erika preguntó entre estornudos:
—¿Qué... qué pasa?
—¡¿Qué cenaste?! —preguntó la enfermera nerviosa—. ¡Mírate los brazos!
Erika bajó la vista y descubrió que tenía los brazos llenos de ronchas. También le picaba el cuello, el pecho y la espalda, e instintivamente trató de rascarse.
—¡No, no te rasques! —la detuvo la enfermera—. ¡Aguanta un poco, voy a llamar al doctor!
En pocos minutos llegó el doctor, ¡y junto a él venía Valerio!
Con el rostro tenso, Valerio le exigió al médico que la revisara rápido y se acercó al otro lado de la cama para calmarla.
—Tranquila, no te asustes. Deja que el doctor te revise.
Erika seguía estornudando sin control, se le congestionó la nariz y la picazón se volvía insoportable.
El doctor la examinó y dijo con el ceño fruncido:
—Es una reacción alérgica. Te recetaré unos medicamentos. Por favor, no te rasques. Puedes presionar, darte palmaditas o ponerte paños fríos. En cuanto haga efecto la medicina, dejará de picar.
Anotó unos nombres en un papel y se los entregó a la enfermera junto con el expediente de la paciente.
—Ve por ellos, rápido.
La enfermera salió a toda prisa.
—¿Qué comiste hoy? ¿Usaste algo nuevo? ¿Eres alérgica a algo? —preguntó el doctor.


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