—¡Mamá! —Valerio frunció el ceño y la interrumpió con dureza—. ¡Ya hablamos de esto! ¡Vete a tu habitación!
Al ver que Valerio la trataba de esa forma por culpa de Erika, la rabia y el dolor se apoderaron de Silvia. Señaló a su hijo con un dedo tembloroso.
—¡Sí, lo hablamos! ¿Pero crees que te voy a hacer caso? ¿Estás ciego? ¡Dime si Erika de verdad te ama o siquiera te respeta!
Silvia se golpeó el pecho, con la voz quebrada.
—¡Tú! ¡Le hablas así a tu propia madre por defender a tu exesposa! Y yo sufriendo afuera de ese túnel, sin poder comer ni dormir... Cuando me dijeron que te habías ido, hasta quise morirme contigo...
El llanto de Silvia se desbordó. No dejaba de llorar y de lanzar reproches.
Erika no sabía cómo reaccionar ante su exsuegra. Nunca habían tenido una relación cercana, pero tampoco se habían peleado abiertamente.
Sin embargo, el hecho de que ella estuviera viva se debía a Valerio, y él casi había muerto por salvarla.
Ante eso, Erika no tenía nada con qué defenderse. Como madre, podía imaginar la desesperación de casi perder a un hijo.
Por eso, Erika se mantuvo callada, sentada sin inmutarse, sin cambiar de expresión.
Valerio seguía intentando sacar a Silvia, pero al llegar a la puerta, ella se zafó, regresó corriendo hacia la cama y le soltó a Erika:
—¡En cuanto salgas del hospital, vas a arreglar los papeles de los niños! ¡Tienen que estar registrados en la familia Ramírez y llevar nuestro apellido! ¡No te lo estoy pidiendo, te lo estoy exigiendo!
Dicho esto, Silvia empujó a Valerio y salió dando un portazo.
Valerio miró la puerta cerrada, suspiró y se acercó a la cama.
—Eri... mi madre la pasó muy mal estos días. Todavía está muy alterada. Te pido perdón en su nombre...


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