Erika comprendió de inmediato que todo era un plan de Valerio para obligarla a viajar en su transporte privado.
Al revisar la hora de su vuelo original, se dio cuenta de que si intentaba trasladarse al otro aeropuerto, perdería su avión de todos modos.
Buscó vuelos cercanos en su teléfono, pero todos estaban llenos o salían varios días después.
Le dirigió a Valerio una mirada cargada de fastidio y, sin más remedio, subió al helicóptero.
...
Apenas regresó de Oricalco, Erika se sumergió de lleno en los asuntos del estudio fotográfico.
No fue hasta tres días después que llegó la fecha prevista para viajar a Villa San Julián.
Si no hubiera sido por las recientes desgracias que había enfrentado Catalina, probablemente Erika no habría aceptado ayudarla en este proyecto y ya habría comenzado a tramitar su mudanza al extranjero.
Esa mañana, Erika se levantó muy temprano.
Habían acordado viajar juntas en el mismo vehículo, pero Catalina, intentando reducir los costos de producción al mínimo, decidió no contratar a un chofer adicional.
En su lugar, rentó una camioneta de carga para transportar el equipo y llevó consigo a varios asistentes. Considerando que el viaje solo tomaba unas cuantas horas, le pidió a Erika que condujera su propio auto y la siguiera por la autopista.
Y así, el equipo emprendió el camino hacia Villa San Julián.
Catalina no estaba acostumbrada a la camioneta de carga, por lo que conducía con bastante lentitud, obligando a Erika a mantener una velocidad baja para no perderla de vista.
Mientras tanto, la empresa del Grupo Ramírez había lanzado una edición limitada de bolsos para dama, y Valerio había seleccionado varios modelos exclusivos para llevárselos a Erika como regalo.
Al llegar al estudio fotográfico, Amelia le informó que Erika ya iba en camino a Villa San Julián.
Valerio dudó un instante, pero después de revisar rápidamente la ruta en su teléfono, subió a su auto y fue tras ella.
Pensó que, dado el ambiente rústico y encantador de Villa San Julián, encontraría oportunidades para pasar tiempo a solas con Erika y así lograr que su relación mejorara.
Ella nunca había conducido en trayectos largos. Aunque habían descansado a mitad de camino, manejar tantas horas en carretera no era lo mismo que circular por la ciudad.
Además, al notar que Erika no parecía saber cómo mantener una distancia segura con los vehículos pesados, su ansiedad creció aún más.
Decidió acercarse y pegarse al auto de ella. Para evitar que los enormes camiones del carril izquierdo se acercaran demasiado al auto de Erika, Valerio comenzó a conducir ocupando un carril y medio, forzando a los demás a apartarse; solo cuando el camino quedaba libre volvía a su carril derecho.
Así avanzaron durante varios kilómetros, hasta que por fin divisaron el túnel a lo lejos.
Sin embargo, por alguna extraña razón, una punzada de pánico atravesó el pecho de Valerio.
Frunció el ceño, escrutando el camino por delante. No había señales de tráfico pesado; de hecho, la vía parecía mucho más despejada que cuando salieron de la autopista.
Pero, al agudizar la vista hacia la entrada del túnel, su corazón dio un vuelco. Grandes rocas empezaban a desprenderse de las laderas y caían rodando hacia el pavimento.
Las densas nubes de polvo que se elevaban en el aire dejaban algo muy claro: no se trataba de unas cuantas piedras sueltas. ¡Eran las señales de un deslave inminente!

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