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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 699

Afuera de la puerta, Erika escuchaba la discusión con un nudo en la garganta.

Desde la salud de los abuelos hasta el estado de sus padres, e incluso la voz agotada de Leonardo que acababa de escuchar.

Erika sintió, de golpe, que la familia Romero se había convertido en un campo de batalla lleno de problemas, y todo parecía ser culpa de su llegada.

En un instante, toda la alegría y la felicidad que había sentido al reencontrarse con su familia biológica fue reemplazada por una abrumadora sensación de culpa.

Abrazando la caja con fuerza, dudó por un momento, pero finalmente decidió no entrar.

Caminó de regreso hasta el portón de la entrada y le dijo al cuidador:

—Señor, por favor no les diga que estuve aquí. Me tengo que ir.

El empleado, que estaba al tanto de los problemas recientes de la familia y había visto de lejos a Erika detenerse en la puerta principal sin entrar, imaginó lo que había sucedido. Suspiró y asintió con la cabeza.

...

Erika guardó la caja en el maletero. Al alejarse de la casa de los Romero, condujo sin rumbo por un rato hasta que decidió estacionarse en un lugar tranquilo para tratar de despejar su mente.

Valerio le llamó, pero ella no contestó. Él insistió varias veces más, hasta que Erika decidió apagar el celular por completo.

No fue hasta que se acercó la hora de salida de los niños que volvió a encender el auto y se dirigió al preescolar.

Al estacionarse, notó un vehículo muy familiar a poca distancia.

¿Valerio había venido a buscar a los niños? ¿Acaso sus llamadas de la tarde eran para avisarle que él pasaría por ellos hoy?

Erika dudó unos segundos y decidió caminar pegada al muro de la escuela, manteniendo la mayor distancia posible con el auto de él.

Pero antes de que pudiera llegar a la entrada principal, Valerio se bajó de su coche. Caminó directamente hacia ella y, con un tono suave, le preguntó:

—Erika, ¿por qué no contestas mis llamadas?

Erika frunció el ceño, evitando su mirada, y respondió con frialdad:

—Porque no quiero. Hoy no es fin de semana, no te toca recoger a los niños.

—No te soltaré —Valerio sonrió, sin importarle la cantidad de padres que hacían fila a poca distancia. La miraba con una intensidad llena de deseo.

Erika sentía que las miradas de todos estaban clavadas en ellos, y había todo tipo de expresiones a su alrededor.

Viéndose acorralada, intentó negociar:

—Suéltame y dejaré que cenes con nosotros y los niños esta noche.

—Trato hecho —respondió Valerio de inmediato, soltándola con la misma rapidez. Sin embargo, en el instante en que la soltó, se inclinó y le dio un suave beso en la cabeza.

Erika se quedó paralizada.

Se arrepintió amargamente de no haberse puesto una gorra o su cubrebocas al bajar del auto. Estaba segura de que su rostro estaba rojo como un tomate, porque podía sentir cómo le ardían las mejillas.

Intentando disimular su vergüenza, se giró para mirar hacia la pared de la escuela. Afortunadamente, los niños ya estaban saliendo en fila hacia el patio.

Una vez que los recogieron, Valerio acomodó a los niños en su propio auto y luego le ordenó a Diego Álvarez que tomara el bolso de Erika y condujera el vehículo de ella de regreso a Villa Costa Azul.

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