Desde que llegó armando un drama en el estudio hasta la actitud que tenía ahora, parecía que sufría de personalidad múltiple. ¿Acaso su hermano le había dicho algo que lo hizo cambiar de táctica de repente?
No. Leonardo jamás lo apoyaría; él estaba incondicionalmente de su lado.
Erika no le abrió la puerta. Caminó de un lado a otro en su habitación, desesperada, mientras él volvía a tocar.
Sin más remedio, sacó una almohada y una cobija gruesa del clóset. Abrió la puerta apenas lo suficiente para que pasaran las cosas, con toda la intención de aventárselas a la cara.
Pero justo cuando intentó cerrar de golpe, Valerio usó la fuerza bruta para colarse a la habitación. Se quedó parado junto a su gran y acogedora cama, mirándola de reojo, y comentó:
—Ya es otoño. La sala es muy grande y en la noche baja la temperatura. Yo soy muy friolento.
Erika: ...
Le lanzó una mirada cargada de veneno mientras retrocedía de inmediato para poner distancia entre ellos.
Bajó la voz, pero su tono seguía siendo cortante:
—Valerio, no tientes tu suerte. ¿De dónde sacaste esta actitud de cínico descarado? ¿Acaso no entendiste ni una sola palabra de lo que te dije hace rato?
—No, no entendí nada. Lo único que sé es que sigues sintiendo cosas por mí —respondió Valerio, sentándose en la cama con total naturalidad.
Al verlo ahí, el pánico de Erika aumentó. No había olvidado lo que pasó en esa misma habitación la última vez...
—¡Lárgate de aquí ahora mismo o voy a gritar! —advirtió.
Él respondió con una tranquilidad desesperante:
—Si llamas a Leonardo, le diré que hace un momento estábamos haciendo cosas muy atrevidas.
—¡Tú! —Erika lo miró con odio puro y caminó rápido hacia la salida.
El problema era que, para llegar a la puerta, tenía que pasar obligatoriamente frente a él.
Intentó pegarse a la pared lo más que pudo para rodear la cama, pero justo cuando estaba a su altura, Valerio estiró el brazo y la atrapó. Con un solo tirón, la jaló hacia él, haciéndola caer sentada sobre sus piernas.
—Eri, escúchame primero —dijo en un tono suave y embriagador.
Erika apenas podía respirar, pero le susurró con furia:
Valerio frunció el ceño, ofendido:
—¿De quién aprendiste a hablar con tanta vulgaridad?
Ella ni se molestó en responderle. Se ajustó el cuello de la bata otra vez y verificó discretamente que el nudo de la cintura estuviera bien amarrado.
Valerio se aclaró la garganta y, con voz ligeramente ronca, dijo:
—Sobre lo que platicamos en la tarde... de verdad espero que lo reconsideres. Mañana solo será una simple cena.
Al ver que ella no decía nada, Valerio añadió en tono grave:
—Eri, si sigues escondiendo a los niños así, ¿crees que mi familia se va a quedar de brazos cruzados? No lo harán. Van a buscar hasta por debajo de las piedras para verlos.
Erika procesó la advertencia de Valerio con la cabeza fría. Después de unos segundos, respondió:
—Puedo entender que, como abuelos, quieran conocer a sus nietos. Pero ya sabes perfectamente cuál es mi postura: los niños nunca van a ser parte de la familia Ramírez. Una reunión mañana es demasiado precipitada. Son muy pequeños y necesitan un proceso de adaptación. Cuando yo les explique la situación poco a poco, entonces organizaremos una reunión. Es lo máximo que te voy a ceder. Si no te parece, pues que no los conozcan y punto.

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