Valerio respiró hondo para calmar la marea de emociones en su interior y habló con voz ronca:
—Sé que todo lo que he hecho por ti últimamente no es suficiente. Pero me estoy esforzando por cambiar, por dar todo de mí. ¿De verdad no has sentido ni un poco de calidez? ¿Ya no queda nada más que odio hacia mí?
Soltó un ligero suspiro y continuó:
—Antes de que arrestaran a Penélope Milán, me dijo que estabas enamorada de mí desde que íbamos a la escuela. Me arrepiento profundamente de no haberlo valorado. Pero, maldita sea, hasta al peor de los criminales se le da un juicio rápido. ¿Por qué no quieres darme una oportunidad? Me niego a creer que ya no sientes nada por mí. Solo estás resentida por todo el daño que te hice, ¿verdad?
Erika se frotó la mejilla, sintiendo una molestia latente. Reprimió un poco su hostilidad y respondió con un tono más sosegado:
—Valerio, ya me cansé de darle vueltas al mismo tema. Durante los años que estuve fuera, pudiste seguir con tu vida sin problema, ¿no? Solo haz de cuenta que nunca regresé. Cada quien por su lado, viviendo su vida, ¿entendido?
Dicho esto, se rehusó a seguir discutiendo con él. Salió de la habitación y se dirigió directo al cuarto de juegos.
Greta y Juana estaban allí, acompañando a los niños.
—Mami, ¿por qué no hemos ido a la escuela estos días? Además, tampoco nos dejas bajar a jugar al parque. ¡Me aburro mucho en la casa! —se quejó Alma.
Thiago y Enzo asintieron al unísono, apoyando a su hermana.
Erika se agachó para hablarles con ternura:
—Mami creyó que iba a haber una tormenta muy fuerte y que no era seguro salir, pero ya pasó todo. Mañana ya podrán regresar a la escuela.
Al escuchar eso, los tres niños empezaron a correr por la habitación, saltando y celebrando.
Greta y Juana sonrieron al verlos tan contentos. Greta tomó la palabra:
—Señorita Milán, Juana y yo iremos al mercado a hacer unas compras. Los amigos que vinieron trajeron bastantes cosas, pero nos faltan un par de antojitos que a los niños les encantan.
Erika las miró con profunda gratitud:
Al pasar por el estudio, no pudo evitar echar un vistazo hacia adentro. Solo logró ver la mitad de la habitación y, al no escuchar ningún ruido, asumió que Valerio ya se había ido.
Sin embargo, justo cuando estaba encendiendo la consola en el televisor para los niños, escuchó el grito de Alma:
—¡Tío Valerio! ¿A qué hora llegaste a la casa?
Al segundo siguiente, los tres pequeños salieron corriendo emocionados hacia él.
Erika se quedó sin palabras y siguió con la mirada el recorrido de sus hijos. Vio a Valerio arrodillado en el piso con los brazos abiertos, recibiéndolos a los tres en un abrazo gigante para luego llenarlos de besos uno por uno.
—¿Iban a jugar videojuegos? Pero bueno, ¿cómo van a jugar sin mí?
Tan pronto dijo eso, los niños empezaron a dar saltitos y aplaudir de la emoción.
Erika se quedó paralizada. Por un lado, deseaba con toda su alma ver a sus hijos felices y sonriendo todos los días, pero por otro, la escena frente a ella le provocaba una profunda e inquietante ansiedad.

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