Justo cuando Leonardo terminó de hablar, la voz de don Benjamín resonó desde la planta baja, cargada de pánico.
Leonardo abrió la puerta de golpe y bajó las escaleras corriendo. Erika, presintiendo que algo grave había pasado, fue tras él.
Al verlos bajar, Benjamín gritó desesperado:
—¡Yolanda se desmayó! ¡Leo, enciende el auto, llévala al hospital rápido!
—¡Enseguida, papá! —respondió Leonardo. Corrió hacia el sofá, tomó a Yolanda en brazos y salió a toda prisa hacia la calle.
Los esposos Jiménez, sin tiempo para despedirse, salieron corriendo detrás de él.
Liliana, completamente alterada, le dijo a su esposo:
—Benjamín, ve al patio trasero y llama al chofer, iremos todos juntos a ver cómo está.
Apenas terminó la frase, Liliana notó a Erika parada sola en la escalera, luciendo incomoda y fuera de lugar. Una punzada de dolor le atravesó el pecho.
Se acercó, le tomó las manos y, con la voz entrecortada, le dijo:
—Tu papá y yo iremos a ver cómo está y regresamos de inmediato. Por favor, no pienses mal, ¿sí?
Benjamín se sumó a sus palabras:
—Hija, tu mamá y yo solo vamos a asegurarnos de que todo esté en orden. No te hagas ideas equivocadas en la cabeza.
Erika no quería causar más problemas en medio del caos, así que se apresuró a tranquilizarlos:
—Vayan, papá, mamá. No se preocupen por mí. Me iré a casa y mañana al salir del trabajo vengo a visitarlos.
—Está bien, mi niña —Liliana le dio un abrazo rápido y luego jaló a Benjamín hacia la salida.
Con su partida, la enorme casa, que hasta hace unos minutos era un caos de llantos y gritos, quedó sumida en un silencio sepulcral, tan profundo que solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared.
El corazón de Erika se sintió completamente vacío. Y de la nada, una oleada de amargura le subió por la garganta.
Al dar unos cuantos pasos, se encontró de frente con Valerio Ramírez. Caminaba hacia ella con el rostro ensombrecido por la seriedad.
Erika miró hacia atrás de él, buscando a alguien más, pero estaba solo.
En el instante en que los ojos de Valerio se encontraron con los de ella, supo leer el dolor en su mirada. Sabía que estaba destrozada y que se había quedado allí, sufriendo en soledad.
Acelerando el paso, Valerio la alcanzó y, sin darle tiempo a reaccionar, la envolvió en un abrazo protector. Acarició su cabeza con su mano grande y, con voz ronca, murmuró:
—Lo siento. Debí acompañarte esta noche. Fue un error mío dejarte sola; no debí permitir que pasaras por esto.
Erika, que ya tenía las emociones al límite, se sintió como una niña pequeña. Hacía un momento, al asomarse y no ver a sus padres ni a su hermano, su corazón se había hundido aún más en la decepción.
Y ahora, ser abrazada con tanta ternura por Valerio, hizo que el nudo en su garganta se volviera insoportable.
Pero unos segundos después, su racionalidad regresó. Con un movimiento firme pero sutil, se separó de él.
—¿A qué viniste? —preguntó Erika con frialdad. Desvió la mirada para intentar ocultar las lágrimas que amenazaban con caer, aunque su voz la traicionó con un ligero quiebre.

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