Amelia le sugirió rápidamente:
—Erika, si te pone intranquila, ¿por qué no le avisas al presidente Ramírez?
Erika se quedó callada unos segundos, con la mirada perdida.
—No. No quiero verla, y no hay necesidad de hacerlo.
Dicho esto, buscó en el registro de llamadas el número de Valerio, y le envió un mensaje de texto:
—Tu mamá me citó hoy, pero no quiero verla. Y escucha bien, Valerio: te lo he dicho mil veces, no voy a volver contigo, así que deja de perder tu tiempo.
Apenas se envió el mensaje, Valerio le llamó por teléfono.
Erika cortó la llamada. Él insistió, y ella volvió a rechazarla. Poco después, recibió un mensaje de vuelta:
—Seguro mi mamá solo quería saludarte, no lo pienses demasiado. Si no quieres verla, no vayas. Yo hablo con ella.
Erika suspiró.
*Ese hombre sí que sabe quedar bien con todos.*
¿Saludarla? ¡Estaba claro que venía a buscarle problemas!
Erika refunfuñó en silencio un par de veces y luego volvió a concentrarse en su trabajo.
Cerca de la una de la tarde, mientras Erika y Amelia almorzaban tranquilamente de unos contenedores en la oficina, alguien empujó la puerta de cristal sin previo aviso.
Erika levantó la vista. La sorpresa fue tal que el trozo de brócoli que llevaba a la boca cayó de vuelta en su plato.
Era la madre de Valerio, Silvia Ramírez.
Llevaba un elegante vestido de seda verde esmeralda de corte retro, con el cabello recogido en un peinado impecable. Un pasador con piedras preciosas colgaba sutilmente, oscilando con delicadeza. Toda su figura irradiaba una abrumadora aura de riqueza y distinción.
Aunque ya rozaba los sesenta, conservaba un porte y un cutis muy bien cuidado. Sin embargo, en su mirada se notaba una profunda insatisfacción y un tono desafiante, como si albergara una tormenta a punto de desatarse.
—Ahórrate las excusas, sé muy bien que no querías verme —la interrumpió Silvia de tajo, y prosiguió—: Vine a buscarte porque tengo un asunto que tratar contigo.
Erika asintió con la cabeza.
—La escucho.
—¿Con quién aprendiste sobre medicina natural? Tengo una amistad que necesita recurrir a los remedios caseros; ya ha visto a varios curanderos sin ver resultados. Si alguien que se dedica a la fotografía como tú pudo aprender un par de trucos útiles, esa persona debe ser un experto.
Al escucharla, Erika se acercó a un mueble, sacó una tarjeta de presentación de una pequeña caja y caminó con tranquilidad hasta donde estaba Silvia:
—Dígale a su amistad que vaya de mi parte; con eso será suficiente.
Silvia asintió, sin que su rostro mostrara emoción alguna.
—Toma asiento. Aún hay otra cosa de la que debemos hablar.
Sin dudarlo, Erika tomó asiento en el sofá continuo.

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