—Eri, voy a hacer que vuelvas a mi lado. Y te voy a cuidar hasta el último de mis días.
Tras soltar esas palabras, Valerio salió del departamento a zancadas.
Erika se quedó petrificada en el recibidor durante un largo rato, hasta que las dos niñeras regresaron con los niños de su paseo.
—Señorita Milán, ¿ya regresó? Los niños insistían en salir, así que estuvimos jugando un rato aquí abajo —comentó Greta con respeto.
—Sí, gracias por cuidarlos —respondió Erika. Después de jugar un poco con los niños, le dijo a Greta—: Hoy no me siento muy bien, les encargo mucho a los niños, por favor.
Tras darse un baño de agua tibia y tomarse un analgésico, se fue directo a su habitación a descansar.
Alrededor de las once de la noche, el intercomunicador de la entrada comenzó a sonar con insistencia.
Greta, medio dormida, salió a contestar. Al no saber qué hacer, fue a tocar la puerta de la habitación de Erika.
—Señorita, son los de seguridad. ¿Ya se siente mejor?
En efecto, Erika había tenido una pesadilla. Soñó que estaba atrapada en un incendio, sin salida, mientras sus hijos lloraban desconsoladamente detrás de una puerta de cristal. Acababa de despertar sobresaltada y aún tenía lágrimas en los ojos.
Al escuchar a Greta, se limpió las lágrimas, se levantó despacio y abrió la puerta.
—Ya estoy mucho mejor. ¿Qué pasa, Greta?
La mujer frunció el ceño, preocupada.
—Llamaron de la caseta de vigilancia, los tengo en espera. Mejor venga a escuchar usted misma.
Erika caminó hacia la sala y miró al guardia de seguridad a través de la pantalla.
—Hola, ¿qué sucede?
El guardia respondió con tono formal:
Erika asintió y le pidió a Greta que cerrara con seguro y se fuera a dormir, diciéndole que ella misma abriría cuando volviera.
Mientras seguía al guardia, sentía un nudo en el estómago.
¿Alguien que la conocía? Un hombre. ¿Quién podría ser?
¿Por qué no la había llamado? ¿Y qué hacía merodeando a media noche?
Los únicos hombres que sabían dónde vivía eran Leonardo, Adrián y Valerio... nadie más.
Iba sumida en sus pensamientos hasta que pasaron los ascensores y llegaron a la puerta de las escaleras de emergencia. El guardia se detuvo.
—Hace un rato estaba cerca de su puerta —susurró el guardia—, pero mi compañero me acaba de avisar que se movió hacia acá.
Apretando su macana con nerviosismo, el guardia empujó la puerta con cuidado. El ruido activó las luces de sensor de movimiento de las escaleras.

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