La gente afuera, viendo que eran mayoría, sugirió entrar todos juntos para someter a la familia desquiciada.
Sin embargo, alguien respondió: —No creas que no lo pensamos, pero todos tienen cuchillos afilados. Para cuando se nos ocurrió buscar bates de béisbol o algo para defendernos en la sección de deportes, uno de ellos sacó un encendedor y otro empezó a rociar algo en el suelo... olía a gasolina. Nadie se atrevió a moverse.
En ese preciso momento, llegaron los refuerzos policiales.
Valerio le preguntó a Erika de nuevo: —¿Cuánta batería te queda en el celular?
—Mucha, ¡tengo el setenta y cinco por ciento!
—Bien, no cuelgues. Si te cansas de sostenerlo, ponlo en altavoz y déjalo a un lado.
—Está bien...
Erika respondió, pero su nivel de estrés no paraba de aumentar. Recordó las instrucciones de Valerio sobre el humo... ¿De verdad esos maníacos planeaban iniciar un incendio?
Entendía que hubiera discusiones y peleas, ¿pero llegar al extremo de quemar el lugar?
Erika escuchaba en silencio los sonidos provenientes del celular. Había mucho ruido de fondo y de vez en cuando se oía a los oficiales dando instrucciones con un megáfono.
Afuera, un oficial con una radio dio la orden:
—Los atacantes han obligado a los rehenes que estaban cerca de la puerta a retroceder hacia el interior. ¡Consíganme los planos de los locales comerciales de esta zona, rápido!
Valerio, de pie entre la multitud, analizaba la situación. Entrar por la puerta principal era imposible.
Si el oficial pedía los planos, era para buscar otros puntos de acceso.
Había salido de la oficina sin permitir que Diego ni nadie más lo acompañara.
Dada la urgencia de la situación, solo podía confiar en el plan de la policía.
Pronto, Valerio notó que los oficiales recibían información. El oficial al mando revisó la fachada de la tienda, miró su teléfono varias veces y comenzó a dar órdenes a su equipo.
Calculaba en su mente en qué punto exacto podría estar Erika.
De repente, el oficial que iba al frente susurró:
—No podemos esperar al equipo de asalto. Según lo que dijeron los clientes, hay gasolina derramada y los sospechosos tienen encendedores. Sigan mis órdenes al pie de la letra, que nadie se arriesgue a lo loco.
—¡Entendido! —respondieron los demás al unísono.
El oficial que cerraba la formación volteó a ver a Valerio y le recriminó en voz baja pero severa:
—¡¿Quién le dio permiso de entrar?! ¡Largo de aquí, esto es muy peligroso! ¡Si ese lunático enciende el fuego, nadie saldrá vivo!
Valerio respondió con firmeza: —No me voy. Mi esposa está aquí adentro.
Erika, al otro lado de la línea, escuchó cada palabra de Valerio. En ese instante, todo lo demás dejó de importarle. Como el último oficial estaba tan cerca de Valerio, ella también pudo escuchar claramente las advertencias sobre el peligro inminente.

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