TOMO 2. CAPÍTULO 96. Amor incondicional
Liliana.
Nunca pensé que se pudiera sentir un dolor tan intenso, al menos físicamente. Es como si me estuviera desgarrando desde adentro una fuerza imparable que no puedo controlar. Pero lo peor no es el dolor físico, es el miedo. El miedo a que mis hijos no sobrevivan, a que este sea el principio del fin para los tres.
—Beri, no puedo ir a un hospital —le digo, apretando su mano con todas mis fuerzas mientras la camioneta se sacude por el camino de tierra.
—Lo sé, niña. Lo sé —responde, aunque su voz no suena tan segura como de costumbre.
Está asustada y lo sé, pero a su lado su marido solo hace una llamada tras otra sin inmutarse ni por un segundo.
—Llévame a la granja de mi mamá —le digo entre jadeos, esforzándome por respirar entre cada ola de dolor—. Ahí nací. Pase lo que pase con nosotros, mis hijos tienen que llegar ahí. ¡Por favor!
Ella me mira fijamente durante un segundo, evaluando si estoy hablando en serio o si el dolor me está haciendo delirar. Finalmente asiente, se vuelve hacia su esposo y le da la orden.
—Kolya, cambia de dirección. No nos largamos de este país hoy. Vamos a la granja de Liliana.
No escucho lo que él responde, pero ella le da las indicaciones con rapidez, y poco después la camioneta da un giro brusco y toma otro camino.
Cuando llegamos siento que el tiempo se detiene. La granja está igual que en mis recuerdos, pero también distinta. Más vieja, más deteriorada. La casa principal parece que está a punto de caerse, la pintura está descascarada, las ventanas rotas y las plantas crecidas alrededor como si nadie hubiera vivido ahí en años.
—¿Aquí? —pregunta Beri, mirándome como si estuviera loca.
—Aquí… —respondo con un hilo de voz, porque no me queda energía para nada más.
Kolya y dos de sus hombres me ayudan entre los tres y me llevan al interior de la casa. Apenas puedo mantener los ojos abiertos, pero juro que en cuanto atravieso la puerta es como si el calor de mamá me envolviera. Es como si la memoria de mi infancia estuviera impregnada en cada rincón, incluso en el aire que respiro. Me acomodan en la habitación que era de mis padres y Beri se sienta a mi lado tomándome la mano.
—Quiero a mi mamá —sollozo sin poder evitarlo y ella me acaricia la cabeza.
—¿Dónde la encuentro? —me pregunta y sé que está dispuesta a buscarla pero yo niego y ella me comprende—. Entonces Diosito me mandó a mí en su lugar, nena. Tranquila, todo va a salir bien.
Beri no pierde el tiempo. Empieza a dar órdenes a todos a su alrededor como si fuera la líder de una operación militar.
—Traigan agua caliente. Ropa limpia. Y alguien consiga toallas, las que sean. Tiene que aguantar hasta que llegue el médico.
No entiendo de qué médico habla, pero el dolor sigue creciendo, y apenas puedo mantenerme consciente.
—Resiste, niña —me dice, sosteniéndome la mano mientras acomoda unas almohadas detrás de mí—. Esto no será fácil, pero saldremos adelante. ¿Está bien?
Yo solo asiento, porque no tengo fuerzas para hablar.
Por suerte media hora después, llega un hombre con una maleta grande y dos mujeres cargando lo que parecen incubadoras portátiles. El hombre es mayor, con cabello blanco y una expresión profesional que me tranquiliza un poco.
—Soy el doctor Heidemann, y ellas son Alicia y Sylvia, enfermeras —se presenta y Beri estrecha su mano con seguridad—. Vamos a revisar a esta mamita y asegurarnos de que todo esté bien.
Beri se echa a un lado y le hace un gesto para que pase.
—Toda suya, doctor.


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