TOMO 2. CAPÍTULO 87. Una condición
Liliana
El día que me dicen que Logan aceptó verme es un día que debería llenarme de esperanza, pero no lo hace. Mi abogado me lo comunica con un tono que no es ni optimista ni neutral.
—Sus abogados aceptaron que él te vea.
—Pero él no quiere venir, ¿verdad? —pregunto, sabiendo ya la respuesta.
—Liliana, él aceptó porque es lo mejor para él. No lo tomes como algo personal.
“No lo tomes como algo personal”. ¿Cómo podría no hacerlo?
Logan no quiere verme. No quiere escucharme. No quiere saber nada de mí. Y lo peor es que ahora sé que no está solo. “Carolina”. Ese nombre me atormenta porque sé que ha hecho hasta lo imposible por estar a su lado, esperando el momento perfecto para ocupar mi lugar.
Trato de convencerme de que esto no debería importarme. Mi prioridad ahora son mis hijos. Pero no puedo negar que mi corazón se hunde al imaginarlo con ella.
Cuando finalmente me llevan a la sala de visitas, me siento como una sombra de lo que era. Mi cuerpo está cansado, mi mente agotada, y lo único que me mantiene de pie es el latidos de los corazones de mis hijos dentro de mí.
Entro en la pequeña sala, y ahí está él.
Logan.
Y su sola expresión hace que cualquier esperanza desaparezca.
No sé si quiero llorar o correr hacia él. Ambos, probablemente. Pero al verlo, algo en su expresión me detiene. No hay calidez, no hay rastros del hombre que una vez me miró como si fuera lo más importante en su vida. Frente a él, sobre la mesa, están los papeles del divorcio, y es claro que esa es la única razón por la que vino.
Mis pies se sienten pesados, pero avanzo. Camino con paso tembloroso y tomo asiento en la silla que queda.
Logan no dice nada. Tampoco yo.
Lo observo en silencio, tratando de encontrar algún indicio de compasión, de cariño; pero todo lo que veo es una barrera de acero, una que parece impenetrable. Finalmente, rompo el silencio con la pregunta que no puedo evitar hacer.
—¿Estás con Carolina ahora?
Logan levanta la vista, y su expresión tan fría que me hace estremecer.
—Eso no es asunto tuyo, Liliana.
Esa respuesta duele más de lo que debería, pero no me sorprende.
—Entonces... —Mi voz tiembla—. Solo viniste por esto. —Señalo los papeles del divorcio y no puedo evitar que mis dedos tiemblen sobre la mesa.
Logan asiente, directo, sin titubear.
—Firma los documentos. Eso es todo lo que nos queda.
Las lágrimas empiezan a salir antes de que pueda detenerlas. Y esta vez no intento ocultarlas ni limpiarlas. Estoy rota, y él lo sabe, así que no hay necesidad de fingir.
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