TOMO 2. CAPÍTULO 78. Un callejón sin salida.
Liliana
Me tienen encerrada en esta sala desde hace horas. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero siento que es toda una vida. Mis muñecas todavía tienen las marcas de las esposas, aunque ya me las quitaron, y el frío de esta sala me cala los huesos. Estoy exhausta, mental y físicamente, pero no dejo de hablar, aunque sé que no me escuchan.
Mi voz es un eco que rebota contra las paredes porque siento que nadie me escuchará nunca.
—Ryker lo planeó todo —repito por enésima vez, aunque ya no sé si hablo para ellos o para mí misma—. Él me amenazó. ¡Me dijo que me mataría si no lo ayudaba, que me abriría como a una maldit@ res y me vendería por partes! ¡No entienden lo peligroso que es ese hombre!
El detective frente a mí me observa con una expresión impasible, como si estuviera escuchando a alguien recitar la lista del supermercado. Ni siquiera parpadea.
—Señorita Duque, todo eso está muy bien, pero tenemos pruebas. Pruebas contundentes que la incriminan directamente.
—¡Esas pruebas son falsas! —grito y mi voz se quiebra—. ¡Ryker las fabricó! ¡Él tenía acceso a todo porque… no sé por qué, pero lo tenía! ¡Manejaba a los médicos del hospital de Logan! ¡Manejaba a alguien en su casa…!
—¿A quién?
—¡No lo sé! ¡Por Dios, no lo sé, pero tiene que creerme! ¡Yo jamás haría algo así!
El detective suspira y cierra la carpeta que tiene frente a él.
—¿Y por qué no denunció nada antes? ¿Por qué esperar hasta que la arrestamos?
—¿Denunciar? ¿A un hombre que me tenía vigilada día y noche y que había fabricado pruebas contra mí? ¿Que me dejó claro que podía desaparecerme si le daba la gana? —La desesperación inunda mi voz. Me inclino hacia él, tratando de hacer que me escuche, que me crea—. No podía arriesgarme, no podía poner en peligro a Logan. ¡Tratamos de hacer algo y míreme donde estoy!
El detective niega con la cabeza y se pone de pie.
—Voy a dejarla sola un rato. Quizás quiera reflexionar sobre su versión de los hechos, porque la verdad es que no coinciden con los de absolutamente ningún testigo, y mucho menos con las evidencias que encontramos en su granja —escupe con sarcasmo.
—¿En mi granja?
—Un millón de dólares en billetes de alta denominación. ¿También me va a decir que no son suyos? —me increpa.
Mis ojos quieren salirse de la sorpresa.
—¡Claro que no son míos! ¡¿Usted cree que si yo tuviera un millón de dólares estaría tratando de matar a un hombre por su dinero?!
—¿¡Y usted espera que yo crea que un solo millón en comparable con los cientos de millones que heredaría la viuda de St. Jhon!? —grita el policía golpeando la mesa.
—¡Yo jamás lastimaría a Logan! —replico, pero solo me da la espalda y la puerta se cierra tras él con un clic, dejándome sola con mi impotencia.
Agarro mi cabello con ambas manos y trato de respirar, pero no puedo. Siento que el aire se ha vuelto más denso, imposible de inhalar. Esto no puede estar pasando. ¡Esto no puede estar pasando!
Las horas pasan, más horas. El reloj de la pared parece ir hacia atrás. El único ruido en esta sala es el de mi respiración, pesada y dolorosa.
De repente, la puerta se abre de golpe, sacándome de mis pensamientos. Levanto la mirada, esperando ver al detective de nuevo, pero no. Es Logan, y en cuanto lo veo, el mundo se detiene para mí.


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