CAPÍTULO 34. Miedos.
Logan.
El rostro de Liliana se descompone en un segundo cuando tomo su teléfono para leer aquel mensaje, pero cuanto más me pide que no lo lea peor me pongo.
Mis ojos siguen las líneas una a una y aprieto los dientes porque no puedo creer lo que el doctor Esteban acaba de escribirle.
“Liliana, por favor tienes que venir a tus chequeos, has faltado a todas tus citas de seguimiento y ya casi deben haberse terminado tus pastillas. Acabas de ser donante en un trasplante mayor, muchacha, no seas necia. Logan no se enojará porque vengas”.
No puedo explicar por qué, pero tan pronto como lo leo, la sangre me hierve. ¿Citas de seguimiento? ¿Chequeos? Esta es la primera vez que oigo algo al respecto.
Giro el teléfono hacia ella con un gruñido y la veo apretar los labios, desviando la mirada.
—¿Qué demonios es esto, Liliana? —digo, agitando el celular frente a ella y su rostro se pone pálido.
—Logan, yo…
—¡¿Por qué no me dijiste que tenías citas en el hospital!? ¿Qué clase de idiotez es esta? ¡Esto es serio, Liliana!
Estoy ofuscado y gritando por algo que no lo amerita, pero esas palabras no salen de mi cabeza, tuvo un trasplante mayor y no se está cuidando.
Ella baja la mirada, y sus manos tiemblan levemente mientras niega.
—No quiero ir al hospital —susurra, y su voz está cargada de una tristeza que me descoloca.
—¿Qué…? ¿Cómo que no quieres ir? —repito, tratando de mantener la calma—. ¿Por qué?
Ella respira hondo y sus ojos se llenan de lágrimas.
—La última vez que estuve allí fue porque tú estabas, pero solo porque tú estabas. No puedo… no puedo volver. Ese lugar está lleno de malos recuerdos…
Me quedo callado por un momento, tratando de digerir sus palabras. La rabia inicial se disipa lentamente, reemplazada por una sensación de culpa y frustración. Me acerco a ella y sin decir nada tiro de su cintura, sentándola en mi regazo y acariciando su espalda.
—Liliana, tienes que cuidar de tu salud —digo con un tono más suave—. No te estoy pidiendo que te guste el hospital, pero esto no es opcional.
Sin embargo Esteban tiene razón: lo necia no se lo quita nadie… pero no puedo culparla.
—Por favor, no me obligues a ir —murmura.
¡Demonios! No soy bueno manejando cosas así, mi instinto me grita: ¡ordena y hazla obedecer! pero no puedo ignorar la forma en que su cuerpo tiembla. Pienso por un momento, luego agarro el teléfono y marco el número de Esteban.
—Doc, necesito que traigas lo que sea que Liliana necesite aquí a la casa —ordeno y veo cómo sus ojos se clavan en los míos con un mudo agradecimiento—. Sí, eso mismo. Medicinas, equipo, lo que sea. Quiero que tomes sus muestras para los exámenes aquí si es posible.
Del otro lado de la línea, Esteban se queda en silencio por un momento, pero luego accede.

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