TOMO 3. CAPÍTULO 126. La verdadera agonía.
Logan
La calma en los ojos de Liliana me estremece. Esa calma, esa maldit@ calma suya, es la misma que tenía cuando firmamos los papeles de divorcio, la misma que me destrozó entonces y lo hace ahora. Sus ojos están vacíos, resignados cansados, a pesar de que ahora todo el poder está en sus manos.
Es extraño, como si todo esto fuera lo estrictamente necesario y lo hace con una precisión quirúrgica. Desearía que al menos estallara y me gritara un poco, pero supongo que no tengo tanta suerte.
Solo esa quietud que me da la certeza de que, pase lo que pase, toda esta historia terminará en desastre.
—Es tentador dejarte aquí —dice con esa voz suave, casi burlona, con que me habla desde que regresó, como si me tuviera lástima en lugar de odio—. Muchas heridas se cerrarían, eso no puedo discutirlo…
—¿Entonces por qué no lo haces? —le pregunto mirándola a los ojos y la indiferencia que me devuelve es todavía peor.
—Porque si volví, es para poner las cosas en su lugar. Y este —señala alrededor del cuarto encogiéndose de hombros—, este no es tu lugar.
Aprieto los labios, aturdido, porque tengo una pregunta escociéndome el pecho y sé que no me gustará la respuesta.
—¿Entonces cuál es mi lugar?
Liliana sonríe, pero no es una sonrisa amable. Es amarga, terrible y llena de certezas.
—Tu lugar, Logan, es retorciéndote en agonía por el resto de tu vida, que no te alcanzará para arrepentirte por haberme abandonado… ¡pero hey, al menos estarás libre! —exclama palmeando como si me acabara de dar un salvoconducto a la silla eléctrica.
Algo en mí se rompe al escuchar esas palabras. Intento buscar una respuesta, una réplica, pero no tengo nada. Estoy vacío. Ni siquiera sé qué decirle.
Ella se levanta, con esa elegancia natural que la hace ver tan peligrosa, y toca la puerta con dos dedos. El detective, que probablemente nos observa desde el otro lado, entra en la habitación, y Liliana se gira para mirarme:
—No moveré un dedo para hundirte —dice. Y lo reconozco. Esas fueron mis palabras. Las mismas que le dije hace un año, cuando la dejé sola en prisión, con un embarazo avanzado de dos bebés y una vida hecha pedazos. Pero antes de que pueda procesarlo, ella añade—: Pero, a diferencia de ti, yo sí moveré un dedo para salvarte… al menos ahora.
Su tono no tiene compasión. No hay perdón en su mirada, solo determinación. La veo sacar algo del bolso, un pequeño aparato negro que ni sé qué es, y se lo entrega al detective con un gesto aburrido.
—Es el módulo de grabación del auto —explica y su tono es práctico, como si no acabara de salvarme la vida—. Tres cámaras: una trasera, una delantera y una interna. Todo está ahí. Eso probará que el señor St. Jhon inocente; y que el accidente no fue su culpa, solo estaba haciendo lo posible por que sobreviviéramos a un atentado.
El detective toma el aparato con un gesto sorprendido, como si no pudiera creer lo que está sucediendo.
Liliana me mira una última vez, y su mirada es un golpe directo al estómago.
—Adiós, Logan. Hasta la próxima vez.


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